Ameba     Fecha  5/07/2005 
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Volver al foro Responder Extractos de varios textos sobre el poder   Admin: Borrar 	mensaje
 
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Te adjunto varios extractos sobre textos de Foucault sobre el poder ("Microfísica del Poder", "Historia de la sexualidad" y "el Sujeto y el Poder"). En mi opinión, este tipo de análisis es más completo que el elaborado por las teorías de los autores anarquistas y/o marxistas, teorías que tienen muchos puntos en común sobre esta cuestión, aunque después establezcan métodos de actuación y soluciones bien diferentes.

un saludo

EL DISCURSO Y EL PODER

De este modo, teoría del discurso y teoría del poder confluyen en el enfoque de Foucault. Esta última se elabora desde la misma visión anti-holística que, referida a la realidad y la historia, enfatiza la contingencia de los sucesos históricos sobre su continuidad, la fragmentación sobre su unidad, la dispersión sobre su sistematicidad. En lo que al poder atañe, Foucault adversa entonces los enfoques totalitarios invirtiendo el locus y la vectorización del mismo:

el poder viene de abajo [...] no hay, en el principio de las relaciones de poder y como matriz general, una oposición binaria y global entre dominadores y dominados, reflejándose esa dualidad de arriba a abajo [...] Más bien hay que suponer que las relaciones de fuerza múltiples que se forman y actúan en los aparatos de producción, las familias, los grupos restringidos y las instituciones, sirven de soporte a amplios efectos de escisión que recorren el conjunto del cuerpo social [...] y cuyo dibujo general y cristalización institucional, toma forma en los aparatos estatales, en la formulación de la ley, en las hegemonías sociales (1979b, 113-14).

El poder del Estado sería entonces más un punto de llegada que de partida. El Estado y sus instituciones aprovecharían e integrarían modalidades de dominio que se ejercen en las microinstancias de toda la red social. Así, relaciones de poder como las que existen entre padre/hijo, maestro/discípulo, hombre/mujer no serían el reflejo automáticamente inducido de una dominación primaria que tendría su origen y modelo en la dominación estatal. El poder como efecto social global dimanaría más bien de la confluencia de un enjambre de micro-actos y micro-relaciones de fuerza, de prácticas moleculares que serían sinergizadas por el poder ejercido desde aparatos surgidos explícitamente para tal fin como el Estado y sus instituciones.

Esta idea central es acompañada por varios correlatos que complementan sus alcances. El primero, es que el locus de las prácticas de poder no se circunscribe o limita a la política en su acepción tradicional, antes bien:

[...] toda relación de fuerza implica, en todo momento, una relación de poder [...] y cada relación de poder reenvía, como a su efecto, pero también como a su condición de posibilidad, a un campo político del que forma parte. Decir que <todo es político> quiere decir esta omnipresencia de las relaciones de fuerza y su inmanencia en un campo político (1979a: 158-59).

Obsérvese que lo que hay no es una restricción sino, por el contrario, una ampliación de lo político a todo ámbito social en el que se practiquen relaciones de fuerza, de modo que lo político permea molecular y reticularmente a la sociedad en su conjunto. No sólo se «hace» política sino que se «vive» imbricado en redes polimorfas de relaciones políticas.


El segundo: la consideración del poder como el conjunto de las relaciones de fuerza activas en una sociedad, como práctica permanentemente ejercida y no como cosa detentada, de modo que:

el poder no es algo que se adquiera, arranque o comparta, algo que se conserve o se deje escapar [...] la apropiación y el poder no se dan, no se cambian ni se retoman, sino que se ejercitan, no existen más que en acto (1979b: 114; 1979a: 135).

Así, tanto en los regímenes autoritarios fundados en la violencia como en los democráticos fundados en el consenso, el poder no es algo que se posee y punto. En los primeros, se expresa como prácticas permanentes y sistemáticas de represión sobre los individuos; en los segundos, como prácticas políticas cotidianas que administran, consolidan y/o debilitan la adhesión activa o rutinaria de los ciudadanos al régimen. Huelga decir que ninguna de las dos modalidades es absoluta: el peor terror demanda algún grado de elaboración justificatoria y, todo régimen consensual, aplica rutinas represivas y tiene en las armas su fundamento último.


El tercero: El enfoque foucaultiano sobre la articulación entre economía y poder. Nuestra lectura asume que de lo que Foucault quería deshacerse no era de la economía sino del determinismo económico, de la presupuesta equivalencia entre relaciones de explotación y relaciones de poder:

aunque efectivamente las relaciones de poder estén profundamente imbricadas con y en las relaciones económicas y formen siempre una especie de haz con ellas [...] en este caso, la indisociabilidad de la economía y la política no sería del orden de la subordinación funcional, ni del isomorfismo formal, sino de otro orden que tendría que individualizarse convenientemente (1979a: 135).

Como se deduce de la cita, no es la indisociabilidad entre economía y poder lo que Foucault refuta, sino la vectorización unívoca desde la economía hacia el poder a través de los intereses de clase. La idea es reafirmada en su nexo con el punto ya visto de la también indeterminada relación entre el Estado y las prácticas moleculares de fuerza, cuando Foucault confronta la tesis de que:

[...] el padre, el marido, el patrón, el adulto, el profesor <representan> un poder de Estado el cual, a su vez, <representa> los intereses de una clase. Esto no explica ni la complejidad de los mecanismos, ni su especificidad, ni los apoyos, complementariedades y a veces bloques, que esta diversidad implica [...] Esto no quiere decir que el poder es independiente y que se podría descifrar sin tener en cuenta el proceso económico y las relaciones de producción (Ibid.: 57-58).

De nuevo, no se refuta la indisociabilidad entre poder y economía sino la determinación automática del primero por la segunda, lo que permite una comprensión más compleja de la lucha política y los procesos implicados en las relaciones de poder. Este enfoque obliga a ponderar las antinomias, los corrimientos entre ambas dimensiones, permite detenerse en lo que no tiene explicación desde el mundo del trabajo y que refiere a otras «economías»: la del sentido, la del imaginario, la del discurso.

El cuarto: la afirmación de que la dinámica a que responde el ejercicio del poder en sociedades de consenso, no remite ni exclusiva ni fundamentalmente al modelo represivo de la prohibición impuesta a los ciudadanos por las leyes. En efecto:

[...] si el poder no fuera más que represivo, si no hiciera nunca otra cosa que decir no ¿pensáis realmente que se le obedecería? Lo que hace que el poder agarre, que se le acepte, es simplemente que no pesa solamente como una fuerza que dice no, sino que de hecho la atraviesa, produce cosas, induce placer, forma saber, produce discursos; es preciso considerarlo como una red productiva que atraviesa todo el cuerpo social, más que como una instancia negativa que tiene como función reprimir (Ibid.:182).

Así entendido, el concepto del poder se complejiza de forma que el fundamento de su eficacia, las modalidades de su aceptación o confrontación, las posibilidades de su preservación y/o transformación demandan que la sociedad le asigne un sentido a su ejercicio y, que sus miembros, coparticipen en y validen estas prácticas no sólo por temor al castigo sino por adhesión ético/moral, por identificación psico/afectiva, por cálculo de los logros potenciales y efectivamente realizados.

Aun en sociedades de consenso rutinario y no activo, las prácticas de poder involucran no sólo coacción sino también seducción, no sólo prohibición sino también convicción. «Detrás» del poder no habita exclusivamente el fraude y el desfalco. La eficacia del poder no depende sólo ni en primera instancia de estrategias de ocultamiento; si tal fuese el caso, la denuncia de sus desmanes sería antídoto suficiente contra su ejercicio.

En este orden de ideas, las prácticas de poder se relacionan con lo que Cornelius Castoriadis (1989, 1998) ha llamado la institución imaginaria de los individuos por la sociedad, entendida ésta como las rutinas de producción de sujetos capaces de reproducir la sociedad en su conjunto, mas no como autómatas vectorizados sino como individuos que piensan/sienten/creen/actúan esa sociedad y, por supuesto, también se rebelan contra ella y la transforman. En ambos ciclos (preservación/transformación) las prácticas de poder involucran, junto a los mecanismos de prohibición, dispositivos de deseo, de razón y de fe.

El quinto correlato: la convicción de que «las relaciones de poder no pueden disociarse, ni establecerse, ni funcionar sin una producción, una acumulación, una circulación, un funcionamiento del discurso» (1979a: 140). Así, y según hemos venido señalando, debe admitirse que el discurso no es el espacio en el que se reflejan batallas que se libran en otros territorios. El discurso es también territorio de esas batallas. Lo es en la experiencia cotidiana de la vida social, y lo es asimismo en los casos extremos de confrontación bélica en los que las estrategias discursivas de información, engaño, adoctrinamiento, desmoralización, espionaje, intimidación, propaganda, resultan decisivas.

Por último, la afirmación de que:

[...] donde hay poder hay resistencia [...] los puntos de resistencia están presentes en todas partes dentro de la red de poder. Respecto del poder no existe, pues, un lugar del gran Rechazo -alma de la revuelta, foco de todas las rebeliones, ley pura del revolucionario. Pero hay varias resistencias que constituyen excepciones, casos especiales: posibles, necesarias, improbables, espontáneas, salvajes, solitarias, concertadas, rastreras, violentas, irreconciliables, rápidas para la transacción, interesadas o sacrificiales (1979b: 116).

Dicho en otros términos, si el poder como práctica no se localiza en un único lugar, si más que a un foco de irradiación remite a un enjambre sinérgico de relación, si más que a la intimidación autoritaria del grito apela a la hipnosis del susurro, entonces la resistencia, en tanto que su anverso, debe concebirse también como una práctica de construcción, de permeación reticular en la que convergen «buenas» y «malas» intenciones, «nobles» e «innobles» intereses, institución de nuevos valores y significaciones pero, también, actualización y afianzamiento de los viejos que, por efectos del contexto, pueden aparecer como contradiscursivos.

En el fondo, lo que Foucault sugiere es no presuponer ni el sujeto, ni el ámbito social, ni la modalidad, ni la exclusividad de la resistencia al poder, en confrontación con algunas tesis del marxismo que decretan a priori el estatuto revolucionario de la clase obrera y subestiman las luchas no directamente derivadas de la explotación económica. Este último enfoque se ha mostrado incapaz de explicar dos procesos característicos de la vida contemporánea, a saber, la adhesión masiva -activa o rutinaria- que los trabajadores brindan a los regímenes políticos no igualitarios que los gobiernan y la emergencia de movimientos sociales -feministas, ecológicos, comunitarios, pacifistas, estudiantiles, étnicos, culturales- que operan como focos de contrapoder en algunos casos mucho más beligerantes que aquellos vinculados a las luchas económicas.

En este orden de ideas, el poder debe entenderse entonces como un proceso complejo que no se centraliza en la acción del Estado sino que se ejerce y recrea en las prácticas cotidianas de los miembros de la sociedad; un proceso que, si bien es indisociable de la economía, no está determinado por ésta; un proceso cuya forma dominante en las sociedades contemporáneas refiere más al consenso que a la coerción, entendiendo el consenso como un mecanismo que involucra no sólo -e incluso no fundamentalmente- la adhesión racional sino también la adhesión afectiva, ético/moral y autorrepresentacional de los miembros de la sociedad al imaginario hegemónico; un ejercicio que, por lo dicho, se practica en forma privilegiada a través del discurso en general y del discurso público en particular.


EL SUJETO Y EL PODER

Tradicionalmente, se ha recurrido a formas de pensar en el poder basadas en modelos legales, esto es: ¿qué legitima al poder? o se ha recurrido a formas de pensar el poder basadas en modelos institucionales, esto es: ¿qué es el Estado?

Con el propósito de entender de qué se tratan las relaciones de poder, tal vez deberíamos investigar las formas de resistencia y los intentos hechos para disociar estas relaciones. Como punto de partida, tomemos una serie de oposiciones que se han desarrollado en los últimos años: la oposición del poder del hombre sobre la mujer, la de los padres sobre los niños, la de la psiquiatría sobre la enfermedad mental, la de la medicina sobre la población, la de la administración sobre la forma de vivir de la gente.

Sin embargo, no es suficiente con decir que estas son luchas antiautoritarias, debemos tratar de definir más precisamente que tienen ellas en común.

1.- Son luchas "transversales"; esto es, no están limitadas a un país. Es evidente que se desarrollan más fácilmente y más extensamente en determinados países, pero no por esta razón, están confinadas a un forma política o económica particular de gobierno.

2.- El objetivo de estas luchas son los efectos del poder en sí. Por ejemplo, la profesión médica no es en primera instancia criticada por su provecho económico, sino porque ejerce un poder no controlado sobre los cuerpos de la gente, su salud, su vida y su muerte.

3.- Son luchas "inmediatas" por dos razones. En tales luchas la gente cuestiona las instancias de poder que están más cercanas a ellas, aquellas que ejercen su acción sobre los individuos. Estas luchas, no se refieren al "enemigo principal" sino al enemigo inmediato, como tampoco esperan solucionar los problemas en un futuro preciso (esto es liberaciones, revoluciones, fin de la lucha de clases). En contraste con una escala teorética de explicaciones o un orden revolucionario que polariza la historia, ellas son luchas anarquistas.

Pero estos no son los puntos más originales, en cambio los puntos siguientes parecen ser los más específicos.

4.- Son luchas que cuestionan el status del individuo: por un lado, afirman el derecho a ser diferentes y subrayan todo lo que hace a los individuos verdaderamente individuos. Por otro lado, atacan lo que separa a los individuos entre ellos, lo que rompe los lazos con otros, lo que rompe con la vida comunitaria, y fuerza al individuo a volver a sí mismo y lo ata a su propia identidad de forma constrictiva.

Estas luchas no están a favor o en contra del "individuo", pero si son luchas en contra de "el gobierno de la individualización".

5.- Estas luchas, -en oposición a los efectos del poder, ligados al conocimiento, a la competencia, la calificación- luchan contra los privilegios del conocimiento. Pero son también una oposición contra el secreto, la deformación y las representaciones mistificadas impuestas a la gente.
No hay nada "cientista" en esto, (esto es, una creencia dogmática en el valor del conocimiento científico), pero tampoco es un rechazo escéptico, relativista de cualquier verdad verificada. Lo que se cuestiona es el modo en que el conocimiento circula y funciona, sus relaciones con el poder. En otras palabras, el régime du savoir (régimen de saber).

6.- Finalmente todas estas luchas giran en torno a la pregunta: "¿Quiénes somos nosotros?". Son un rechazo a las abstracciones de la violencia económica e ideológica, que ignoran quienes somos individualmente como también son un rechazo a la inquisición científica y administrativa que determina quien es uno.
Para concluir, el objetivo principal de estas luchas no es atacar tanto a tal o cual institución de poder, grupo, elite, clase, sino más bien a una técnica, a una forma de poder.

Esta forma de poder emerge en nuestra vida cotidiana, categoriza al individuo, lo marca por su propia individualidad, lo une a su propia identidad, le impone una ley de verdad que él tiene que reconocer y al mismo tiempo otros deben reconocer en él. Es una forma de poder que construye sujetos individuales. Hay dos significados de la palabra sujeto; sujeto a otro por control y dependencia y sujeto como constreñido a su propia identidad, a la conciencia y a su propio autoconocimiento. Ambos significados sugieren una forma de poder que sojuzga y constituye al sujeto.

Generalmente puede decirse que hay tres tipos de luchas contra las formas de dominación (étnicas, sociales y religiosas); contra formas de explotación que separan a los individuos de aquello que ellos mismos producen; o contra aquello que ata al individuo a sí mismo y los subsume a otros de esta forma (luchas contra la sujeción, contra formas de subjetividad y sumisión).

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                               
 

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