Ameba     Fecha  6/10/2006 
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Volver al foro Responder Definiendo el capitalismo   Admin: Borrar 	mensaje
 
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¿Es posible realmente un mercado “libre”?

Para Marx, el mercado atomizado y disperso de los tres primeros cuartos del S. XIX produciría un decrecimiento de la tasa de ganancia según la ley de los rendimientos decrecientes (teoría sobre la evolución del capitalismo de clara influencia ricardiana). Para mantener el volumen de beneficios (y reducir costes) se produciría un aumento del grado de explotación (y por consiguiente, de pauperización) del proletariado. Marx también expone como efecto de todo esto el aumento de la escala de la empresa. Pero este factor es secundario en el análisis marxista, ya que lo que prima es la libre circulación de capitales y la necesidad de crecimiento y acumulación, independientemente de la forma y el tamaño de las empresas. Siguiendo la línea marxista, algunos autores como Diego Guerrero establecen un análisis que diferencia competencia intrasectorial de competencia intersectorial. Lo cual, les une, a mi entender, con las estructuras intermedias (monopolio parcial, oligopolios, monopsonio) que predican los teóricos (Joan Robinson) de la competencia imperfecta (monopolística).

Los teóricos de la competencia imperfecta (Chamberlin, Sraffa, Robinson, Kalecki) dan una importancia mucho mayor al sistema monopolístico en comparación con Marx, aunque hay que tener en cuenta que Marx analiza únicamente el capitalismo de los dos primeros tercios del S. XIX. Precisamente, el cambio gradual del sistema de competencia “perfecta” (predicado por el liberalismo clásico) al sistema de competencia imperfecta (capitalismo monopolístico) comienza en el último cuarto del S. XIX, así como la intervención directa del Estado en la economía capitalista (sistemas mixtos, keynesianismo) nace con el crack del 29. El sistema de monopolios y oligopolios es una nueva fase en el desarrollo lógico del capitalismo atomizado y competitivo del siglo XIX (denominado por los neo-marxistas o por los teóricos heterodoxos no marxistas, de fase pre-monopolística), de hecho, las propias leyes y condiciones de la competencia dieron lugar a un régimen capitalista de grandes corporaciones (capitalismo corporativo o monopolístico). La tendencia hacia la concentración y centralización del capital (y de las empresas) deviene determinada por los incentivos a la inversión privada, por los problemas de inseguridad y estabilidad en un mercado altamente competitivo y, sobre todo, por la mejora de la eficiencia (reducción de costos).

Con el sistema de competencia imperfecta, es decir, con el aumento de la escala de la empresa, se establecen mayores y mejores relaciones con el Estado, que los reconoce como “iguales”. El uso y abuso del “apoyo mutuo” entre las grandes corporaciones y el Estado se hace necesario a la larga para la supervivencia de ambos (algo parecido dice Miliband en “El Estado en la sociedad capitalista”). Por lo que van a nacer los subsidios, las subvenciones y las inversiones públicas en infraestructuras como medio para mantener el status quo, lo cual conduce irremediablemente y en buena reciprocidad, al aumento extraordinario del tamaño del Estado.

Lo que quiero decir con esto es que un mercado verdaderamente “libre”, es decir, de competencia “perfecta” evoluciona en el capitalismo hacia un sistema de monopolios y oligopolios. Pero es necesario hacer una precisión para evitar malos entendidos. Ya que cuando hablo de la transformación del capitalismo decimonónico en capitalismo corporativo no estoy hablando de leyes históricas. La intención es más conceptual, más estructuralista o post-estructuralista (si se pudiera llamar así), no evolucionista (ni hegeliana ni marxista) ni determinista.

Como en prácticamente todo en la “vida política” la libertad sin igualdad no es tal libertad. Un ejemplo de ello es precisamente el mercado. El mercado “libre” se sustenta en la igualdad de oportunidades (ideal de Adam Smith), todos son pequeños o medianos empresarios, con más o menos el mismo acceso a las materias primas, a la tecnología, a la información y a los mercados. Lo cual tiene relación con una idea de la libertad como autorrealización. El problema es que ese paraíso ideal sólo existe en la imaginación o en las ecuaciones de los economistas clásicos o neoclásicos. En el momento que una empresa experimente una ventaja sustantiva (lo haga de forma lícita o no) la utilizará para aumentar de tamaño y para dominar el mercado. Si no hay límites a la concentración del capital, la tendencia lógica es al crecimiento, al aumento de la cuota de mercado y de la cuota de poder. El mercado competitivo es un gato que se muerde la cola. Por otro lado, nadie en su sano juicio puede pensar que en el capitalismo existió alguna vez la igualdad de oportunidades. Pero incluso aunque eso hubiera existido o en el caso de que no demos importancia a la igualdad de oportunidades (como sí lo hicieron los liberales clásicos), la propia dinámica competitiva produce efectos absolutamente contrapuestos. Por lo que en la práctica la “mano invisible” en realidad es invisible para aquellos, la mayoría, que no tiene poder. Para todos los demás, es decir, para la minoría que domina el mundo, la “mano es bien visible”.

Es decir, la única forma de convertir un mercado competitivo en un mercado “libre” es precisamente crear y utilizar normas que protejan la competencia “perfecta”. De hecho, el propio Adam Smith propuso que para que el mercado sea efectivamente competitivo son necesarios un marco legal y unas instituciones adecuadas, es decir, que existan límites a la concentración del capital.

Pero tomemos el concepto de libertad como ausencia de interferencia o de coerción. En este sentido, un mercado libre sería aquel en el que los intercambios económicos se realizan de forma voluntaria, es decir, exentos de coacción y libres de toda interferencia. ¿Es eso posible? ¿Es libre la oferta? ¿Es libre la demanda? No, en cualquier sistema capitalista las fuerzas de producción están condicionadas y sujetas a interferencias, coacciones y restricciones, en cualquier modelo de competencia.

Las posiciones con respecto al mercado libre, y su propia valía como concepto realmente existente, varían y tienen más relación con el concepto de propiedad o posesión que con otra cosa. Por otro lado, una propiedad en función del trabajo, sea en su versión mutualista o colectivista, va a determinar la condiciones iniciales de un mercado libre, eso es inevitable. Es decir, el mercado “libre” mutualista estará sujeto a restricciones e interferencias producidas por la teoría laboral de la propiedad y de los precios. Lo que quiero decir es que no existe eso que se llama mercado libre, strictu sensu. Los mercados, el comercio, han estado influidos desde su origen por la condiciones del medio, del medio político-legal, del contexto socio-cultural y de las limitaciones de la naturaleza. Por otro lado, el concepto de mercado libre está asociado en numerosos textos ancaps con un mercado de competencia perfecta. En primer lugar, la competencia nunca puede ser perfecta y el equilibrio entre oferta y demanda es cosa de la econometría, no de la praxeología económica (utilizando la terminología de Mises). La falacia de argumento es que un mercado libre de competencia “perfecta” produce inestabilidad, crisis constantes, provoca indefectiblemente desequilibrios entre oferta y demanda, entre productores y consumidores, a no ser que las empresas se hagan “más competitivas”, es decir, más grandes. Con lo cual aumentará la planificación centralizada (o reticular en el mundo de las nuevas tecnologías de la información) y aumentará así mismo las interferencias de unos “capitalistas sobre otros”.

A mi entender, tanto la TLV como las teorías marginalistas son modelos reduccionistas, ya que cada uno de ellos da una importancia excesiva a una de las dos variables implicadas aparentemente en la determinación de los precios, esto es, la oferta (o las condiciones de producción definidas por el factor trabajo) en la TLV o la demanda (la utilidad y el consumidor) en las teorías marginalistas. En realidad, todos los estudiosos del tema coinciden en que la o las teorías modernas de los precios tienen importantes lagunas, no existiendo modelo teórico (y unificado) alguno que de cuenta de todas las características e implicaciones del sistema.

Las condiciones de la oferta y de la demanda (no estoy hablando sólo de la influencia de la publicidad en el consumo) pueden ser manipuladas, de hecho lo son, por aquellos sectores económicos (privados o públicos) que ostenten una posición de poder. Y esta manipulación puede operar a pequeña escala, es decir, también en competencia “perfecta”, o a gran escala, en cualquier modelo de competencia. Es decir, las variables generales y específicas que influyen en los precios pueden manipularse fácilmente, independientemente del hecho de la escala de la empresa y de la posible “cooperación” entre los distintos sectores y actores que operan en los espacios de poder capitalista. Es decir, la manipulación no existe sólo en un sistema de monopolios u oligopolios, es algo intrínseco al propio sistema de mercado. Como la manipulación es algo muy difícil de controlar habrá que definir los límites de la manipulación basada en los grupos de interés privados (hayan estado verdaderamente separados o no del Estado) y los derivados del control comunitario. Desde luego, entre el interés privado y el social o público, no hay color. Otra cosa es que ese interés público tenga que ver con los intereses de determinados grupos de poder asociados a la comunidad, o se convierta en un poder totalitario, eso también hay que controlarlo. La única forma de controlar todo ello es el auto-gobierno, la democracia integral y sistémica.

Es decir, para mi mercado “libre” es también un oxímoron.
                                                                                                                                                                                                                                                                                                                               
 

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