Tsekub     Fecha  10/06/2005 
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Volver al foro Responder Comentarios a "La riqueza de las naciones" de Adam Smith (3 y final)   Admin: Borrar 	mensaje
 
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Ahora que estamos llegando al meollo de la cuestión, al “secreto central”, estos ejemplos sobre salarios nos van a ser muy útiles. Pero, precisamente para percibir su utilidad, vamos a prescindir de ellos y vamos a intentar calcular precios nominales y reales de bienes que no sean el trabajo.

No sabemos cuánto paga Mookie al mes por su departamento. Supongamos que fueran 200 $. Hasta hace poco, se podía conseguir un departamento similar en Paraguay en unos 50 $. ¿Qué alquiler es más caro? En términos nominales, es obvio que el de Nueva York. La cosa es calcularlo en términos reales. Téngase en cuenta que un simple dólar tiene también un mayor precio real en Paraguay –o, hasta donde estoy enterado, en cualquier país de América Latina- que en los Estados Unidos. Sin embargo, no puedo ahora calcular exactamente la proporción de esa diferencia y, por lo tanto, quedan abiertas tres posibilidades: a) Que un mayor precio nominal corresponda a un mayor precio real y que, por lo tanto, el departamento de Nueva York tenga un precio más caro que el de Paraguay, b) Que un mayor precio nominal corresponda a un menor precio real y, del mismo modo, el departamento de Mookie sea más barato que uno similar en Paraguay (concretamente en la capital) y c) Que estos distintos precios nominales correspondan a iguales precios reales.

Quedamos en la duda, al no proporcionarnos la película más datos. Sin embargo, antes, con esos datos insuficientes en apariencia, llegamos a la conclusión de que era más barato el de Nueva York en base a la simple constatación de que Mookie, con su trabajo de repartidor de pizza, podía pagarlo.

Veamos el otro ejemplo: Si antes, con una peseta, comías, bebías y podías fumar y ahora, con cinco pesetas, no puedes hacer ninguna de las tres cosas… ¿Cómo realizamos el cálculo? Supongamos que, en el presente de la canción, fueran necesarias diez pesetas para hacer las tres cosas que, supongamos también, se sintetizaran en una fuente de picadas, una jarra de cerveza o vino y un puro.

Esto significa que el precio nominal se ha multiplicado por diez. ¿Y el precio real? En cierto sentido también. Si precio real es el poder adquisitivo, la capacidad de adquirir otros bienes, la verdad es que ahora “comer, beber y poder fumar” puede adquirir diez veces más pesetas que antes. No olvidemos que el dinero es un bien como los demás, con sus particularidades, pero no deja de ser un bien.

¿Cómo realizamos el cálculo, entonces? ¿Cómo sabemos si no se ha disparado ese “comer, beber poder fumar” a precios exorbitantes mientras que otros precios han permanecido iguales o bajado? La moneda se deprecia, lo sabemos todos. Hoy, mucho más que en la época de Adam Smith. Anota el gran economista que el descubrimiento de América abarató notablemente los precios del oro y la plata. Todos los bienes están fluctuando en sus precios constantemente. Un invento o descubrimiento que abarata los costos, una cosecha muy buena o muy mala, los vaivenes del gusto y de la moda, los vaivenes del valor y del costo afectan los precios. ¿Cómo podemos comparar entre sí magnitudes que no se quedan quietas? El mismo factor que hace necesario comparar precios reales –la inestabilidad- es el que parece volver imposible la realización de ese cálculo.

Sin embargo antes lo hicimos, en los dos ejemplos que mencioné. Utilicé, en ambos casos, un bien sin el cual dicho cálculo, como vimos, se tornó mucho más espinoso: El trabajo. El trabajo es la verdadera medida del precio. El trabajo es el patrón, el 4:40 a partir del cual calculamos si los precios son altos o bajos.

¿Pero acaso el trabajo no es un bien como cualquier otro y no padece también fluctuaciones en su precio? Sí, padece fluctuaciones en su precio pero no es un bien como cualquier otro. Es un bien que es vida, tiempo, esfuerzo, sangre, músculo y pericia concretos, mientras que los demás son solo efectos del mismo. Su valor y su precio pueden fluctuar para los demás –el empleador, el economista, el espectador ocioso- pero para el trabajador una hora de trabajo es siempre una hora de trabajo pues es una hora de vida y una hora de vida es siempre una hora de vida, en rigor nunca sobra, y todo hombre tiene una sola vida.

Más que decir que “el trabajo es la verdadera medida del precio” hay que decir que el trabajo es el precio. Esto es mucho más claro en una economía sin intercambios. Supongamos un individuo autosuficiente viviendo en el monte. El precio que paga, por ejemplo, por un jabalí, es el trabajo que le costó cazar ese jabalí, todo el tiempo e intensidad (sólo que esto último es mucho más difícil, si no imposible, de medir) de esfuerzo físico y mental, de dedicación y riesgo que tomó atrapar y matar a ese animal. Hasta hoy decimos que algo “nos ha salido caro” cuando nos tomó mucho trabajo aunque no nos costara un centavo y que “la sacamos barata” cuando algo nos resultó demasiado fácil.

Este punto nos lleva, creo yo, a una conclusión inevitable que Adam Smith no llega a formular: la de que el precio real varía no sólo de una sociedad a otra y de una época a otra sino también, dentro de una misma sociedad, de un individuo a otro, de una clase social a otra, de una profesión a otra, de un grupo étnico a otro e incluso de un sexo a otro.

El precio real es, al mismo tiempo, objetivo y subjetivo. Objetivo porque no es un sentimiento como el valor, es un hecho económico de la realidad (“tienes que trabajar tanto si quieres comprar esto”). Subjetivo porque puede variar, y en verdad varía, de persona a persona. Un heredero multimillonario puede pagar millones por sus placeres y caprichos pero, en rigor, no paga nada por que nada le cuesta realmente. Un hombre pobre paga poco por sus humildes goces pero paga más caro, siempre.

Resulta, entonces y dicho sea de paso, absurdo el reproche que se suele hacer a la economía clásica de que sólo ve las cosas desde el punto de vista del productor y no del consumidor. Absurdo, por lo menos, en el caso de Adam Smith, pues su teoría toma en cuenta ambos puntos de vista.

El razonamiento acerca del precio real termina, pues, en una redefinición.

¿Qué es el precio nominal? La cantidad de dinero u otros bienes que entrego a cambio de un bien.

¿Qué es el precio real? El trabajo que me cuesta adquirir un bien.

Ejemplo: Una manzana cuesta un peso en la tienda de esquina de mi casa. Un peso es el precio nominal. El trabajo que me cuesta adquirir ese peso es el precio real. Se le podría agregar el trabajo de ir a la tienda pero esto es algo baladí.

Ésta y no otra es la significación de aquella frase de que “El trabajo es la verdadera medida del precio”.

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                               
 

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