Tsekub     Fecha  8/06/2005 
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Volver al foro Responder Comentarios a "La riqueza de las naciones" de Adam Smith (1)   Admin: Borrar 	mensaje
 
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“En la historia de las demás ciencias también se encontrarían, desde luego, otros muchos ejemplos de conflictos de opinión semejantes que terminaron en un compromiso o una síntesis. Así, por ejemplo, ha ocurrido con la naturaleza de la luz, la tesis de la emisión (Newton) y la de la ondulación (Fresnel) que hoy se unen en la mecánica ondulatoria de Louis de Broglie.

“Habría que ver en ello, piensa Langevin, una ilustración del ritmo hegeliano según el cual el conflicto entre la tesis y la antítesis se resuelve en una síntesis más elevada y más amplia. Pero tal vez sea superfluo invocar la dialéctica de Hegel a este respecto: cuando se trata de representar un fenómeno natural, la primera actitud mental es muy a menudo la de practicar ilusorias dicotomías en lo real.

“Sea lo que fuere, lo que tenemos que pedir a la historia de la ciencia es que nos ponga en guardia contra el peligro de alternativas falaces. Cada vez que oigamos decir: una de dos, apresurémonos a pensar que, de las dos, es la tercera.

Jean Rostand
Introducción a la historia de la biología


Una regla que alguna vez escuché o leí –no recuerdo- fue la de que, cuando se trata de alguna teoría filosófica, política, económica o de cualquier otra índole, hay que consultar a los autores originales de tales teorías. Los manuales, recensiones y resúmenes son útiles –qué duda cabe- para dar un vistazo general, para introducir al profano en el tema. Pero hay que ir siempre a los originales y siempre cultivar un poco de sana desconfianza con respecto a los divulgadores, sean estos amigos o adversarios (aunque con más razón en el segundo caso). Desconfíen de toda recensión –incluso de ésta.

Por tal motivo, cansado de navegar entre informaciones contradictorias y con frecuencia poco claras, decidí ponerme a leer (a veces releer) los textos originales de los economistas importantes, a pesar de lo difícil que, con frecuencia, resulta. Difícil no porque los temas sean aburridos en modo alguno –todo lo contrario- ni tampoco porque sean terriblemente difíciles –tienen sus bemoles pero tampoco son nada del otro mundo. Resulta difícil porque, por algún motivo, los economistas –de todas las tendencias- no suelen ser buenos escritores (siempre hay excepciones, claro). Mientras que en muchas otras de las llamadas humanidades –la historia, por ejemplo- un profano puede adquirir conocimientos más que respetables sobre la misma sólo cultivando el placer de leer (aun cuando esto no implique que sea capaz de realizar una investigación, lo que es algo distinto, pero que tal vez tampoco sea tan inaccesible o esotérico), en economía la situación se presenta bastante menos amigable y creo que tal situación puede explicarse, por lo menos en parte, por la aridez de la mayor parte de los textos.

Armado con el lema “es un trabajo sucio pero alguien tiene que hacerlo” –viejo cliché del cine norteamericano- decidí emprender esta labor, comenzando, simplemente, por aquello que tuviera más a la mano. Y comencé con los Principios de economía política de Carl Menger, uno de los padres de la llamada revolución marginalista y fundador de la Escuela Austriaca de Economía. Claros pero aburridos –estilo pesado, reiterativo, más bien gris y desvitalizado (alguien dirá que un economista y no un artista de circo, con lo cuál servirá en bandeja un retruco un tanto fácil en el que no voy a caer –me limito a decir que lo único que se le pide es que sea un escritor; y que conste que no cuestiono la importancia de Menger ni la de su un tanto olvidado “hermano pródigo” Antón, importante figura en el campo del derecho laboral y las reformas sociales). Proseguí con el más famoso de los clásicos: La riqueza de las naciones de Adam Smith, especialmente interesado en la tan vilipendiada teoría laboral del valor, supuestamente refutada por la teoría subjetiva o marginalista.

Parece claro, ciertamente, que el valor es subjetivo; que valoramos las cosas por que nos resultan –subjetivamente, a nosotros- útiles, bonitas o agradables (es decir, por que satisfacen algunas de nuestras necesidades) y no por que sean fruto del trabajo de alguien; que el comerciante lo que hace es sondear la necesidad y gusto subjetivos del potencial cliente; que el mismo no se pregunta, al comprar, “¿cuánto trabajo ha costado a quien lo produjo?” sino “¿qué tanto me puede satisfacer?”; que el precio (“valor de cambio”) está, por lo tanto, determinado por el valor a secas (“valor de uso”) y no por otra cosa; que las personas trabajan porque valoran y no al revés; que, si la teoría laboral del valor fuera cierta, aquel hombre que encontró un diamante en bruto por azar entre un montón de grava y piedras destinado a la construcción (creo que fue en Pernambuco) no tendría por qué haberse hecho rico, al no haberle costado prácticamente ningún trabajo la obtención de ese diamante ni tampoco ser fruto del trabajo de ningún otro fuera del Padre Tiempo y la Madre Naturaleza; que, si la mencionada teoría fuera cierta, aquellas obras que Mozart componía de corrido y en pocos minutos haciendo una pausa mientras jugaba al billar debieran valer menos que La Macarena, Antes muerta que sencilla o Dos mujeres, un camino (de hecho valen menos para alguna gente con el gusto atravesado, pero ése es otro tema) y que, en resumen, esta teoría, según la cual el precio de una mercancía está determinado por la cantidad de trabajo necesario para producirla, es falsa de toda falsedad, un disparate ridículo en el cual parece mentira que personas que no hayan escapado de un manicomio hayan podido creer por tanto tiempo, personas de todas las tendencias, personas inteligentes y preparadas a las cuales, por otro lado, muchas veces se quema incienso por otros aspectos de sus teorías (como el interés propio como móvil del progreso, por ejemplo). “¡Cómo se puede ser tan inteligente y, a renglón seguido, tan imbécil!” parecen decir sus comentaristas.

Bueno, amigos, tenemos noticias frescas para todo el que esté dispuesto a escucharlas. No es que Mr. Smith padeciera repentinos ataques de idiotismo, producto de su deficiente alimentación escocesa (recordemos al conserje Willy de Los Simpson anunciando las delicias gastronómicas de su tierra: “Croqueta de pulmón, empanada de hígado, tortilla de riñón: sabe tan bien como suena”, espero ningún escocés se sienta ofendido por este chistecito). No es que, precisamente cuando escribió esa parte del libro, se le hubiera pasado la mano con el whisky; ni que ya tuviera sueño y quisiera acostarse y, por lo tanto, puso lo primero que se le cruzó por su caledónica cabeza. Tampoco es que quisiera gastar una broma insertando un absurdo en medio de una exposición seria ni, mucho menos, que se encontrara deprimido y con la autoestima baja y que, por lo tanto, no le importara escribir cualquier cosa porque “total, nadie lo va a leer, a nadie le importa”. Nada de eso. La explicación es mucho más simple: Esa supuesta teoría laboral del valor no tiene, simplemente, NADA QUE VER con la verdadera teoría laboral del valor. Por lo menos, no con la de Adam Smith. Por lo menos, no tal como la expone hasta donde yo, humildemente, he alcanzado a leer. No conozco la vida personal del fundador de la economía clásica pero puedo hablar sobre su inteligencia y puedo asegurar que la misma, en ningún momento, decae (aunque sí su claridad). En cada página se siente el pulso de una mente rigurosa, sutil y finamente analítica. Una vez que se ha logrado hincar el diente en esos párrafos un tanto abtrusos y detallistas se percibe, finalmente, una construcción mucho más sólida y profunda que el infantil sinsentido que se le atribuye –y que, inicialmente, parece. Una teoría que no es tan fácilmente refutable y que tampoco es, necesariamente, contradictoria con la teoría subjetiva. Una teoría que, en fin, más que ser descartada sin apelación merece ser redondeada, pulida y sopesada. Y, por último pero no al final, una teoría que merece ser BIEN refutada. Si alguien quiere hacerlo, que lo haga. Pero que refute la verdadera teoría y no una caricatura de la misma.

(continuará).                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                
 

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