Tsekub     Fecha  21/12/2004 16:36 
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Admin: Borrar mensaje Socialismo
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El socialismo nació en el siglo XIX como resultado de un nuevo conflicto que impregnó e impregna la historia contemporánea: El conflicto asalariado-patronal, también conocido como “conflicto trabajo-capital”, “cuestión social” o “cuestión obrera”. Llamó la atención sobre el hecho de que la igualdad ante la ley no bastaba para suprimir las relaciones de dominación, los abusos ni las injusticias. Señaló las limitaciones de la democracia moderna. Éste fue y es su innegable mérito, que nadie puede regatearlo.

Pero cometió dos errores fundamentales –y hablo de socialismo en el sentido más amplio posible: Uno en el aspecto negativo, de crítica al capitalismo, y otro en el aspecto positivo, de propuesta constructiva. Voy a hablar del primero.

Su principal defecto fue plantear el conflicto como una lucha entre trabajadores y ociosos, sosteniendo que la riqueza es producida exclusivamente por el trabajo del asalariado. Desde la perspectiva lógicamente indignada de un obrero que suda y se agota para recibir migajas y contempla a los ejecutivos vivir a cuerpo de rey esto puede parecer correcto pero la verdad, nos guste o no, es que no lo es. Nos guste o no, el patrón –que puede, sin duda, ser un usurero, un miserable, un explotador y un chupasangre- trabaja. Y, con frecuencia, trabaja mucho.

La gestión empresarial es un trabajo. Todo eso que llama administración, management, estrategias de marketing, relaciones públicas... En una palabra: Negocios, todo eso es un trabajo. Y un trabajo que crea riqueza y aporta las utilidades totales de una empresa.

Por eso, el argumento tradicional de ociosos y trabajadores, de obreros y zánganos, termina resultando endeble y sirve la réplica al capitalista en bandeja de plata: “¡Alguien tiene que ocuparse de la gerencia!” clama, irónico y campechano, mascando su gran habano y dejando confundidos a sus interlocutores (¡y, sin embargo, ellos saben que, en el fondo, tienen razón, aunque no sepan por qué, que tienen motivos para estar enojados!). El defensor de la autogestión replicará que ese mismo trabajo lo pueden hacer los asalariados. Es cierto, pero eso no cambia el hecho de que ese trabajo existe. La diferencia está en que, en una empresa autogestionaria, el que lo realiza no es el patrón sino el compañero o amigo gerente, aún cuando realice tal labor en forma permanente.

Se objetará que los dividendos que el capitalista se embolsa no los recibe en función del trabajo que realiza sino del capital que posee. Efectivamente, existe una renta proveniente única y exclusivamente dela propiedad. Son las que obtienen personas que compran acciones, por ejemplo. Sin embargo, no es a estos anónimos inversionistas –muchas veces, humildes empleados y amas de casa que quieren obtener un ingreso extra-a quienes el obrero percibe como enemigos sino al patrón que sí está al pie del cañón, al empresario que sí trabaja.

Además se puede decir que el inversionista en bolsa realiza un trabajo y un servicio. ¿Acaso no está moviendo capital hacia la empresa? Sólo del propietario de terrenos que cobra alquileres sin dar nada a cambio más que el derecho de sus inquilinos a no ser arrojados de sus covachas puede decirse, sin lugar a dudas, que obtiene una renta sin trabajo (¡y sí y sólo sí con la condición de que no preste ningún servicio adicional, de que no realice la más mínima mejora en sus propiedades, por insignificante, roñosa y de mala gana que ésta sea hecha!).

Hasta donde sé, no existe una manera fría, objetiva y científica de medir el aporte exacto de cada persona a la riqueza global. No podemos estar seguros de que la barrendera produzca más o menos que el obrero, el conserje, la secretaria o el gerente general. Por lo tanto, aunque la desigualdad de ingresos salte a la vista, la tesis de la plusvalía es, simplemente, indemostrable. No podemos asegurar que alguien reciba menos de lo que produce.

El jurista austriaco Antón Menger –hermano de Carl, fundador de la Escuela Austriaca de Economía, “sección de choque” del liberalismo contemporáneo- asegura que la existencia de tal renta sin trabajo es una realidad innegable: “La actividad del derecho-habiente aquí limítase esencialmente a recibir de manos del deudor una renta o rendimiento sin trabajo. Y, aún cuando los propietarios de inmuebles y los capitalistas explotan por sí mismos un dominio agrícola, una industria o un comercio, de ordinario no por eso dejan de obtener algún ingreso en forma de renta o beneficio –Kapitalgewin, profit. Para examinarlo en cada caso particular, basta deducir del rendimiento total que produce la empresa, la parte que el propietario de inmuebles o el capitalista debería gastar para sustituir su colaboración personal en la producción, con el trabajo de un representante.” (Antón Menger. El derecho al producto íntegro del trabajo en su desarrollo histórico. Buenos Aires, Editorial Americalee, 1944. Traducción de Adolfo Posada. P. 17).

Pero algo se le escapa a Menger. Por algún extraño motivo él sospecha que tal hipotético representante del capitalista recibiría el monto exacto de su aporte y no sería explotado. ¿Por qué habría de ser así? El capitalista puede explotarlo del mismo modo –quizás con mejores maneras- que lo hace con los obreros. ¿No es también, acaso, un asalariado? Puede ser que el monto exacto de su aporte sería lo que recibiría en caso de ser el dueño. Pero así llegamos al mayor de los absurdos. Resulta que, en tal caso, el dueño o capitalista recibiría exactamente lo que merece y que no explotaría a nadie. Todo el argumento termina en una paradoja irresoluble.

Para resolver la cuestión, voy a empezar por utilizar un método comparativo. Antes del régimen salarial existieron otros dos modos de producción que la sensibilidad contemporánea ha condenado: la esclavitud y el vasallaje. En ambos casos existían señores, mandamases cuyas órdenes se cumplían sin chistar. ¿Eran, necesariamente, parásitos ociosos? No. Catón trabajaba y comía con sus esclavos. Muchos propietarios de esclavos trabajaban duro y eran empresarios capaces. La esclavitud –lo mismo que el vasallaje- fue condenada no porque unos trabajasen como burros –que lo hacían- y los otros se la pasaran de parranda –que unas veces lo hacían y otras no. Tampoco porque el trabajo esclavo fuese “menos productivo” que el “trabajo libre” (léase asalariado), como afirma Ludvig Von Mises en páginas cuya pedestre estupidez parece propia, más que de él, de alguno de sus discípulos contemporáneos como Alvarito Vargas Llosa o compañía. Fue condenada por ser contraria a la libertad y a la dignidad del hombre. Y, por sentimental o “religioso” que suene, por muy “juicio de valor” que sea, éste es el camino por el que hay que transitar para desarrollar una crítica consistente al capitalismo.





                                                                                                                                                                                                                                                                                                                               


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  • » Socialismo « - Tsekub - 21/12/2004 16:36



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