irichc     Fecha  29/11/2004 05:20 
Sistema: Windows XP

Admin: Borrar mensaje San Alfonso Ligorio. Del nacimiento del Salvador.
Mensaje
Permitidme un torpe y sucinto prólogo:

¿Por qué debe pagar un inocente con una injusticia? Porque, de lo contrario, pagarán los culpables por la justicia. Los culpables, que son finitos, sólo pueden satisfacer con el infierno, con la pena eterna. El inocente, en cambio, que es infinito, puede hacerlo temporalmente, asumiendo la humanidad y dando su vida por ella. Ésta es la paradoja de las paradojas y el milagro de los milagros: la encarnación.

Saludos.

Daniel.

* * *

Ignem veni mittere in terram, et quid volo nisi ut accendatur?

He venido a poner fuego en la tierra, y ¿qué quiero sino que arda? (Luc. 12:49)


Celebraban los hebreos un día que llamaban día de fuego, dies ignis, en memoria de aquel que en tiempo de Nehemías consumió el sacrificio que ofreció después de haber vuelto con sus compatriotas de la cautividad de Babilonia. Así, del mismo modo y aun con mayor motivo, debería llamarse día de fuego el día de la Natividad de Jesús, en el cual un Dios, hecho niño, vino a encender el fuego de amor en los corazones de los hombres: "ignem veni mittere in terram"; como así lo dijo Jesucristo, y realmente así fue. Apenas era Dios conocido en un rincón del mundo, esto es, en la Judea; en donde, sin embargo, eran muy pocos los que al tiempo de su venida le amaban. En lo restante de la tierra unos adoraban el sol, otros las bestias, estos las piedras, y aquellos las más viles criaturas. Mas, después que vino Jesucristo, el nombre de Dios ha sido conocido en todas partes, y amado de gran número de hombres, por manera que, a los pocos años de la venida del Redentor, era Dios más amado de los hombres, que con este santo fuego había inflamado, que no lo había sido anteriormente en el espacio de los cuatro mil años pasados desde la creación del hombre.

Muchos cristianos tienen la costumbre de preparar en sus casas, antes de Navidad, un pesebre para representar el nacimiento de Jesucristo; pero son pocos aquellos que piensan en preparar sus corazones, a fin de que pueda nacer en ellos y reclinarse el niño Jesús. Mas entre estos pocos queremos ser contados nosotros, para alcanzar la gracia de quedar abrasados en este dichoso fuego, que hace a las almas felices en la tierra, y bienaventuradas en el cielo. Consideremos en este primer día cómo el Verbo eterno se hizo hombre para inflamarnos en su divino amor, y pidamos a Jesucristo y a su santísima Madre se dignen iluminanarnos, y empecemos.

Pecó Adán, nuestro primer padre, e ingrato a tantos beneficios recibidos, se rebeló contra Dios, desobedeciendo el precepto de no comer del fruto vedado, obligando con esto a Dios a que lo arrojase del paraíso terrenal, y lo privase en lo sucesivo, así a él como a todos sus descendientes, del paraíso celestial y eterno, que les tenía preparado para después de esta vida. Con esto todos los hombres quedaron condenados a una vida de penas y de miserias, y excluidos para siempre del cielo. Mas oigamos el modo con que Dios, acomodándose a nuestro modo de entender, se lamenta por boca del profeta Isaías y como afligido nos dice: "Y ahora ¿qué es lo que hago yo aquí, dice el Señor, cuando mi pueblo de balde ha sido llevado?" Y ¿qué delicias, añade Dios, me quedan ya en el paraíso, cuando he perdido a los hombres, que formaban todas mis delicias? "¿Delicae meae esse cum filiis hominum?" (Prov. 8:31) Pero ¿cómo es posible, oh Señor, que os cause tanta pena el haber perdido a los hombres cuando tenéis en el cielo tantos ángeles y serafines? Y ¿qué necesidad tenéis Vos de los ángeles y de los hombres para el cumplimiento de vuestra felicidad? Vos siempre habéis sido y sois felicísimo en Vos mismo; ¿qué es, pues, lo que podrá jamás faltaros para vuestra felicidad, que es infinita? Es verdad, hace contestar a Dios Hugo-Cardenal, comentando las citadas palabras de Isaías; mas ¿qué importa?, perdiendo al hombre, "non reputo aliquid me habere", yo creo haberlo perdido todo, pues que yo hallaba mis delicias en estar con los hijos de los hombres: y ahora los he perdido, y ¡ay! los infelices están condenados a vivir perpetuamente lejos de mí. Y ¿cómo es posible que el Señor nos diga que los hombres son sus delicias? Con mucha razón, escribe santo Tomás, porque es tanto lo que Dios ama al hombre, como si el hombre fuese su Dios, y como sin el hombre no pudiese Dios ser feliz: "quasi homo Dei Deus esset, et sine ipso beatus esse non posset". San Gregorio Nacianceno añade que Dios, por el amor que tiene a los hombres, parece que se ha salido de sí: y es bien sabido el proverbio que dice que el amor saca de sí a los amantes: "amor extra se rapit".

Mas no, dice Dios, yo no quiero que el hombre se pierda; es preciso que se halle un redentor, capaz de satisfacer por él a mi justicia, y que así lo libre de las manos de sus enemigos, y de la muerte eterna que se había merecido. Sobre lo que, reflexionando San Bernardo, nos presenta como en lucha la justicia y la misericordia divina. La justicia dice: estoy perdida si Adán no es castigado; la misericordia al contrario responde: soy perdida, si el hombre no es perdonado. Interponiéndose el Señor en esta contienda, decide que, para salvar al hombre reo de muerte, muera un inocente que no sea deudor de nada. Y como en la tierra no había quien fuese inocente, dijo el Eterno Padre: ya que no hay uno entre todos los hombres que pueda satisfacer a mi justicia ultrajada, vamos a ver: ¿quién se ofrece a redimir al hombre? Los ángeles, los querubines, los serafines, todos se callan, y ninguno se atreve a responder: sólo responde el verbo eterno y dice: "ecce ego, mitte me". Padre, dice el unigénito Hijo: vuestra Majestad, que siendo infinita, ha sido ofendida por el hombre, no puede ser satisfecha por un ángel, que no es más que una pura criatura; y aun cuando Vos os contentaseis con la satisfacción que os diese, pensad que hasta ahora, ni con tantos beneficios como hemos hecho al hombre, ni con tantas promesas, ni con tantas amenazas, hemos aun podido merecer su amor, porque no ha conocido todavía hasta dónde llega el que nosotros le profesamos. Por lo tanto, si quieremos obligarle a que nos ame sin excusa alguna, ¿qué más bella ocasión podemos hallar, que la de que, para redimirlo, Yo, vuestro hijo, baje a la tierra, me vista de carne humana, y pagando con mi muerte la pena que el hombre ha merecido, satisfaga cumplidamente a vuestra justicia, y quede al mismo tiempo el hombre bien persuadido de nuestro amor? Reflexionad bien, oh Hijo mío, responde el Padre; reflexionad que, tomando sobre Vos la obligación de satisfacer por el hombre, tendréis que llevar una vida llena de disgustos. No importa, le dice el hijo; aquí estoy, enviadme. Reflexionad que tendréis que nacer en una cueva, que será el albergue de las bestias; que de allí, por más que seáis tan niño, tendréis que huir a Egipto para escapar de las manos de los mismos hombres, que ya desde tan pequeñito os buscarán para quitaros la vida. No importa: aquí estoy, enviadme. Pensad que, volviendo después a la Palestina, tendréis que llevar una vida muy dura y despreciable, viviendo como un simple muchacho de un pobre artesano. No importa: aquí me tenéis, enviadme. Pensad que, cuando más tarde saldréis a predicar y a manifestaros entre los hombres por mi Unigénito, habrá, sí, algunos, mas serán pocos los que os seguirán, porque la mayor parte os despreciará, llamándoos impostor, mago, loco, samaritano, y finalmente os perseguirán hasta el punto de haceros morir a fuerza de tormentos, clavado en el infame madero de una cruz. No importa: aquí estoy, enviadme. Habiéndose, pues, dado el decreto de que el divino Hijo se haga hombre, y que sea el redentor de los hombres, es enviado a María el arcángel san Gabriel: María le acepta por hijo: "et Verbum caro factum est": y he aquí a Jesús en las entrañas de María, el cual, habiendo entrado ya en el mundo, dice todo obediente y humilde: Oh, Padre mío, ya que no pueden los hombres satisfacer con sus obras y sacrificios a vuestra justicia ofendida, heme aquí a mí, tu hijo, revestido de carne mortal para satisfacer por ellos con mis penas y con mi misma muerte. Por esto, entrando en el mundo, dice: no quisisteis sacrificio y ofrenda; mas me apropiasteis cuerpo; entonces dije: heme aquí que vengo a hacer, oh Dios, tu voluntad (Heb. 10:5-7).


San Alfonso Ligorio. Once discursos para una novena.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                


Respuestas (0)
  • » San Alfonso Ligorio. Del nacimiento del Salvador. « - irichc - 29/11/2004 05:20



Volver al foro

Responder


Nombre
E-Mail
Asunto
Web
Notificar por e-mail respuestas.
Mensaje