O_Brecht // l_cohen     Fecha  11/12/2004 01:09 
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Admin: Borrar mensaje Reflexiones no gregarias
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Leí hace un tiempo una definición sobre la democracia que me pareció muy acertada : "la democracía es la contradicción dialéctica entre los valores y los hechos"; una democracia no es algo ya constituído, algo que haya que conservar. La democracia es una aspiración, un ideal. Es por eso por lo que el pragmatismo es una actitud que está -necesariamente- en conflicto con tal aspiración : sólo un idealista cree a estas alturas en la democracia, los principios que sostienen ese ideal, se los sabe todo el mundo, pero nadie está lo suficientemente loco -por desgracia- como para tomárselos en serio.
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A veces tengo la impresión de que en nuestras modernas sociedades industriales, el tiempo no es sino un enemigo, un rival... algo que determina profundamente nuestra acción. Esto no pasa sólo con la racionalidad de los agentes económicos (mayor producción posible, en el menor tiempo posible). La simple expresión gastar el tiempo en algo, no es sino fruto de esa filosofía consistente en concebir como moneda de cambio hasta lo más abstracto : el tiempo pasa de ser algo que debería ser vivido, a algo que debe ser gastado.
En nuestra ansia frenética por aprovechar el tiempo, subyace cierta desesperación, como si ya no fuesemos capaces de sentarnos a contemplar el mundo, como si todo momento tuviese que estar cubierto con alguna actividad. Este moderno frenesí del mundo moderno por estar activos, se nota en la poca capacidad de reflexión que lo caracteriza.
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En dos individuos hay -siempre- puntos de encuentro y puntos de desencuentro sólidos; pero nos hemos empeñado en hacer política llevando ambos puntos a sus extremos, manteniéndolos separados, distantes y mudos. En un tenso silencio, así conviven, hasta que la tensión se vuelve insoportable. Cuando insistimos sólo en los puntos de encuentro, caemos en el error de restar importancia a los de desencuentro; y viceversa, cuando insistimos en los puntos de desencuentro, erramos al ignorar los de encuentro : Homogeneización o dispersión, esas son las pulsiones que caracterizan el juego político en Galicia : esencialmente las mismas que imperan en la política estatal. Al final, quienes sufren ese transtorno bipolar en la política institucional son ciudadanos y trabajadores.

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Hay que dirigir siempre los ojos hacia afuera, perder el miedo a pensar los "porqués" del mundo, hacerse fuerte ante la contemplación de la miseria. La piedad es un sentimiento noble, la empatía con el dolor ajeno nos hace dirigir la mirada -nos guste o no- hacia afuera. Pero esa empatía puede desgastar, la identificación con el dolor del otro no es una actitud inteligente, actitud inteligente es pensar -siempre- posibles soluciones, aún a riesgo de ser tachado de moralista. Hay que tener el corazón lo suficientemente blando para horrorizarse, pero lo suficientemente duro para no consumirse.
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La falta de referentes ideológicos sólidos es una de las características del hombre moderno; para algunos esto es un suplicio, pues en el hombre aún late ese deseo de huir de sí mismo fundiéndose en alguna causa justa. A esa falta de referentes se le une un mundo concebido por y para el placer; la industria del ocio y del consumo en masa son inversiones seguras y exitosas, son los lujos que ofrece una sociedad que ha rebasado, hace mucho, el punto mínimo de producción y satisfacción de las necesidades básicas; las consecuencias de tal apología del ocio-consumo son la desaparición de la esfera política del individuo, que ha perdido esa capacidad de vinculación que la caracterizaba

Cultura apolítica y políticos sin cultura; el hecho de que la producción de cultura siga los ritmos y las pautas valorativas de una empresa (rapidez, eficacia y rentabilidad) explica porqué éstas han contagiado a la praxis política de ciertos ministros/as de la Moncloa, que llegaron a justificar intervenciones militares basándose en una supuesta demanda de petróleo barato por parte del ciudadano-consumidor : la "racionalidad" del mercado se convirtió en la "racionalidad" política.

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Muchas veces, las palabras no son sino cárceles; las utilizamos para homogeneizar lo diverso o para etiquetar lo que se nos presenta como extraño... desconocido. También pueden ser la traducción de un miedo que interiorizamos, y que maquillamos con la palabra. El lenguaje sirve también para llegar a lo más hondo de la sensibilidad humana, la propia y la ajena, pero también sirve para escapar de ella; por eso surgen los prejuicios, las opiniones fáciles y la superficialidad moderna -convertida en toda una estética de la indiferencia- . Cuando nos adherimos ciegamente a una causa, el lenguaje nos convierte en cosa; obturamos el camino que va del corazón a la palabra, y de la palabra al corazón, la causa da sensación de seguridad, pero bajo esa aparente autoconfianza late siempre el miedo a que nuestras más íntimas certezas hayan perdido su razón de Ser.
La única certeza que me acompaña es la repulsa que me provoca observar como las palabras se convierten en instrumentos de dominación de todo tipo -moral, económico, tecnológico o político-legal-, en justificadoras de todo atentado contra la vida y dignidad del individuo o colectivo. Bien pensado, esta repulsa no es certeza alguna, sino mera declaración de principios, principios que -a estas alturas- no deberíamos ni tendríamos porque justificarlos : tanto el instinto de supervivencia como la ética intelectual, tanto la carne como la palabra, saben que nosotros no quisieramos las condiciones de existencia que otros sufren; por mucho que nos engañemos en occidente con teorías que intenten hablarnos de un "orden natural" de las cosas.
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Cuando veo a hombres defender causas como si en ello les fuese la vida, la primera sensación que me invade es la de una molesta opresión en el pecho; esa identificación fanática de un individuo con una idea, esa retórica que apela constantemente al corazón, al sentimiento; son actitudes ante las cuales, a estas alturas de la historia, deberíamos estar ya precavidos. Quisiera no ser mordaz, pero creo que lo primero que deberíamos averiguar de tales idealistas exaltados, es si tienen o no el estómago lleno, o si su constitución física roza los límites de la depauperización, pues sólo en ese caso se puede entender que ese fanatismo obedezca a una imperiosa necesidad histórica; desde luego, no es lo mismo vivir de la política que necesitar la política para hacer oir las voces que no se oyen en esta -mal llamada- globalización. La dignidad habla siempre bajo el imperio de la necesidad, a veces incluso necesita apelar a Dios, ya que ningún mecanismo la ampara.






                                                                                                                                                                                                                                                                                                                               


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