Sesma     Fecha  27/04/2004 17:47 
Sistema: Windows XP

Admin: Borrar mensaje Reflexión (no) apasionada sobre el arte moderno
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Somos testigos de una gran escisión que nos tiene como protagonistas entre la materia y el espíritu. Se ha producido un desajuste que da como virtual vencedor a la materia o, mejor dicho, al materialismo. El hombre que se adentra, no sin cierto temor, en el siglo XXI parece haber claudicado de inicio ante una razón dogmática que nos dirige sin piedad hacia un pragmatismo feroz, especie de opiáceo, que nos anestesia frente a las cuestiones metafísicas, esenciales, adheridas a nuestro ser, con la correspondiente castración espiritual que esto supone.

El artista verdadero, aquel que no se vanagloria de su trabajo y actúa con humildad en todos los frentes de su vida, dando testimonio de haber asumido un compromiso consigo mismo y con la humanidad, se ha visto obligado a meterse bajo la piel de Moisés, cuando asombrado descubre a su pueblo, a sus hermanos y hermanas, adorando al becerro de oro como signo de su apostasía, viéndose abocado a una trágica situación: por un lado emerge su rabia de forma incontenible ante lo que a sus ojos es un gran pecado, y por otro, su amor le hace sacrificarse, volcarse de nuevo en su trabajo e intentar disipar el barro que advierte en sus ojos. Esta guerra puede consumir a un hombre.

Sin embargo, junto al artista verdadero, permanece y medra una raza para la que l´art pour l´art constituye su lema principal. Sumidos en la rabia excéntrica y la oquedad de sus monumentos al ego, su acción parece haber sucumbido ante el afán de gloria, desarrollando un espíritu de competitividad que deviene el mayor de los absurdos. El arte periclita ante esta nueva raza y asistimos a un mortinato, a un cadáver interpretado en varias superficies y con diferentes técnicas, un espejo de miserias al que se le ha amputado la ironía y descansa en el recreo, en el juego macabro que paladea las formas y las sombras sin coraje ni ímpetus verdadero. Las ferias de arte se convierten en una gran necrópolis, porque no se quiere entender que «en el arte no se confirma la individualidad, sino que ésta sirve a otra idea, a una idea más general y más elevada. Pero el hombre moderno no quiere sacrificarse, a pesar de que la individualidad sólo se alcanza por medio del sacrificio»1. La impostura del artista moderno, en cambio, le muestra acudiendo a cónclaves donde los muertos sólo pueden embalar sus huesos y tasar sus cenizas. Algo falla… sin duda, algo falla.

Así pues, creo firmemente que si el arte quiere recuperar su legítima dignidad se deberá abjurar de la idea que lo convierte en un fin en sí mismo y no en un medio para un fin más alto.


Un abrazo.
                                                                                                                                                                                                                                                                                                                               


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