Althair     Fecha  7/07/2004 18:41 
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Admin: Borrar mensaje Re: Modelos completos e incompletos
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Coincido contigo en qué hay un componente insidioso en tratar de vender en el mercado de las ideas el ateísmo como equivalente del nihilismo más radical. La nada por definición es nada, es decir, impotencia e infertilidad a partes iguales, y de ese terreno yermo nada puede brotar.

Pero si observamos con atención, posicionarse a favor de la creencia o del ateísmo constituyen opciones del pensador. En el momento previo a la constitución de un ideario aparece la figura del pensador. Éste a su vez viene condicionado por parámetros biológicos, psicológicos y culturales, es decir, por su memoria. La ciencia nos puede ayudar a clarificar la descripción de la realidad a pesar de que sus artífices también vienen condicionados por sus esquemas culturales. No obstante, la matemática, geometría, los modelos simulados y las propuestas teóricas más originales no vienen lastrados por enconos y disputas de orden teológico o ideológico. La ciencia conforma un escenario abierto donde las teorías pueden ser falsadas total o parcialmente en un marco de diálogo que tiende a la libertad.

Hasta la fecha la creencia y la increencia religiosa son puntos de vista que se han adoptado en función de un modo peculiar de situarse ante el mundo; son ópticas, perspectivas, panoramas. Ambos, el creyente tradicional y el ateo tradicional, tienden a verse alienados y ajenos a lo que observan, la naturaleza les viene dada como algo exterior a ellos. Por el contrario, y gracias a la cuántica, en la actualidad comprobamos que el observador de la realidad participa en ella de modo activo modificándola, creándola y destruyéndola. Si llevamos esta perspectiva un paso más allá, podríamos postular que el observador se convierte en un elemento transparente, un canal para que aquellos códigos se manifiesten. Ese es el místico, aquél que transita por la vida como una sombra luminosa y pacífica, testigo maravillado de una materia exaltada y sabia.

Asistimos a un giro copernicano en la manera de situarnos en el mundo. El campo energético y material en el que nos hallamos inmersos nos proporciona la posibilidad de ser creativos acorde a unos códigos de información y a un lenguaje de signos que lejos de constituir un obstáculo para el despliegue de nuestra creatividad nos anima a desarrollarla. ¿Qué papel ocupan la creencia y la increencia religiosa en el nuevo escenario? Responder a esta cuestión nos conduce a analizar con detenimiento el dualismo que ha recorrido la historia del pensamiento filosófico y teológico occidental. El mentalismo, la metafísica y la teología escolástica de ascendencia platónica apuestan por un Dios trascendente y creador de la materia. Por el contrario, el materialismo de impronta aristotélica, positivista y marxiana señalan que la mente y la conciencia brotan de la materia, son una propiedad de la materia. Curiosamente, el idealista Schelling pronosticaba que la materia revelaría el espíritu.

Parece que la física cuántica alumbra la posibilidad de alcanzar una síntesis de ambas posturas al señalar que la materia es inteligente y entendible, desarrollable y perfeccionable por los seres que la pueblan. La cuántica nos facilita la posibilidad de ser creadores en armonía con los códigos implícitos en la materia. Pero en ese esfuerzo expansivo se requiere un pensador cuántico. Éste se halla en los antípodas del dogmatismo y ha de ser dialéctico, abierto, libre de despojarse de su memoria cultural cuando ésta constituye un freno. El pensador promedio actual, como señalas con acierto, todavía no ha abandonado la cueva platónica y se encuentra preso de su memoria perceptiva. Sobre él gravita la losa de la memoria de sí.

Mirar el mundo con ojos renovados supone observarse a uno mismo con otra mirada, parecen ser procesos paralelos. Abandonar la cueva implica realizar un salto cuántico, una suerte de fiesta a la que todos estamos invitados.

Saludos

Posdata.- Si tuviera que caracterizar la cuántica por un rasgo, diría que la simultaneidad es su cualidad esencial. A partir de la simultaneidad es posible conciliar la unidad y la diversidad, lo que siempre ha sido el objetivo de la filosofía.




                                                                                                                                                                                                                                                                                                                               


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