Müller    goodoldhouse@yahoo.es Fecha  16/06/2004 00:01 
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Admin: Borrar mensaje Lectura para aeropuertos
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Pocos sitios hay tan desnudos de contexto como los aeropuertos. Aglutinadores primeros de gentes de diversas procedencias en nuestras civilizaciones, pero lugares de tránsito donde nadie mora. Más que nunca hoy día, nadie piensa en pasar más de una noche en un aeropuerto. Incluso su logística interna está diseña para hacer el sitio inhabitable. Y, sin embargo, nunca dejaremos de transitar por estos lugares, precisamente buscando un cambio de contexto y un enriquecimiento interno. Considero del máximo interés disfrutar también de nuestro tránsito por estos lugares. Es una experiencia que puede ayudar a comprender la importancia del contexto en nuestras vidas, y evitar el peligroso viaje por los extremos a que da lugar la inexperiencia y el secuestro de uno mismo.

Las autoridades de los países en los que vivimos son conscientes plenamente de la necesidad de controlar el flujo de individuos por los aeropuertos. Eventos acaecidos en la historia reciente han desvelado que estos lugares no sólo transportan personas y mercancías de un huso horario a otro, sino que indebidamente utilizados ayudan a sembrar el terror y la impotencia entre los ciudadanos. Por ello, las medidas de seguridad son estrictas. Incluso a veces da la impresión de ser excesivamente estrictas, dando que pensar sobre su utilidad efectiva. ¿Es posible evitar por medios estrictamente policiales la comisión de atentados? Sin duda, las medidas de presión añadirán tensión a los individuos que deseen sembrar el caos, disuadiendo a muchos que actuando por cuenta propia o a las órdenes de un mando inepto deseen cometer delitos terroristas. El exceso de celo lleva a pensar si no será una muestra más de la impotencia para erradicar de una manera definitiva la amenaza terrorista. El conjunto de normativas relativas también al tráfico de mercancías y el movimiento de personas, como las leyes sobre inmigración o tráfico de estupefacientes, ayudan a evitar que surjan poderes subterráneos que socaven la autoridad del Estado. Mas también se están elevando de esta manera barreras contra gente de buena fe que desea, como nosotros, enriquecerse personalmente enriqueciendo a la gente que les rodea haciendo acopio de nuevos contextos y compartiendo ideas con sus semejantes.

Los medios tecnológicos han permitido hacer los objetos de uso cotidiano más manejables, más pequeños, menos visibles. De la misma manera, la utilidad que damos a los objetos está cada vez más disociada a la función para la que fueron construídos. Asignamos valores cambiantes a los objetos que transportamos conforme adaptamos nuestras necesidades a nuevos entornos. Esto supone un problema cuando se pretende hacer un uso maligno de un elemento que inicialmente no fue fabricado con un fin destructivo. Un teléfono móvil nos puede servir para comunicarnos, pero habrá quién desee usarlo como detonador de un explosivo. Y no es nada fácil detectar esta cualidad en los objetos que vemos. Ya no es méramente evaluar una cualidad como un color, un tamaño, un brillo, sino que es entrar en el terreno inmaterial, espiritual, en el que la Humanidad está comenzando a moverse de nuevo después de haber sufrido la pesadilla materialista de la que, espero, despertemos pronto. La miriada de restricciones, legislaciones y normativas que inhiben las libertades de movimiento y comunicación de las personas son un intento lateral, muchas veces torpe, aunque preciso, de evaluar la confianza de quienes transitan por estos lugares especialmente sensibles. En los aeropuertos se hace patente este desnudar de la conciencia al que son sometidas las personas que se mueven por ellos. De ahí que sean lugares inhabitables.

El paso por del hall a la zona de pasajeros es especialmente traumático. Detectores físicos de todo tipo, guardias de seguridad armados, aplicación de normativas de todas clases relativas a armas de defensa personal, tráfico de capitales y estupefacientes, chequeos de los equipajes, análisis de documentación... Parece milagroso no tener que discutir por algún derecho con los responsable de aduanas: si no es por haberse olvidado de pasar el teléfono celular por los rayos x, es la mirada sospechosa por esas misteriosas hierbas transportadas en una bolsita en el equipaje de mano; o, si no, esa petaca de forma tan curiosa en el bolsillo interno de la chaqueta. Este registro se aplica a la salida del país, como si las autoridades temieran que se estuviera robando algún misterioso secreto.

En la zona de pasajeros la gente deambula. Vagabundea de duty free en duty free, experimentando la sensación de estar comprando mercancías sin nacionalidad, sin más valor que el que les asigne uno mismo. Se evitan las miradas directas. La espera transcurre entre el ballet de las aeronaves, bajo una arquitectura tan recarga de personalidad que carece de ella. Contrastan los que van, diletantes ocasionales o profesionales sin poder diferenciarse, con los que llegan, pisando fuerte ansiosos de enfrentarse a un mundo nuevo del que tomar parte, o de llegar a sus hogares y recuperar la piel que visten habitualmente. Los que están esperando algo todavía por definir tienen la mirada vacía, huidiza, amedrentada después de haber sido tamizada por sensores y legislaciones aduaneras. Después de haber rehecho su ego en las alturas, los que vienen no tienen nada que temer para lanzarse al mundo. Estos últimos, sin duda, no tardan en desaparecer del recinto.

Es curioso como un sitio diseñado como centro de comunicaciones entre diferentes culturas es de los peores sitios donde tomar contacto personalmente con gentes de diferentes entornos. Algo explicitamente construído para comunicar parece ser el lugar menos adecuado para relacionarse. A mí me invita a pensar, desde luego, acerca de la necesidad de pensar acerca de la realidad de una maner estructurada, laminada, para poder apreciarla en su conjunto. La necesidad de comunicación convertida en obsesión puede llevar a que el término carezca de sentido, pierda su significado. Para que las palabras mantengan el significado que nos resulta más adecuado es preciso asimilarlas, usarlas, y olvidarlas. Hacer abstracción sobre una abstracción – como bien son las palabras – es muy similar a tomarse una cerveza fuerte en pleno vuelo mientras se escucha el “Music For Airports” de Brian Eno: un mareo de puta madre.
                                                                                                                                                                                                                                                                                                                               


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  • » Lectura para aeropuertos « - Müller - 16/06/2004 00:01



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