Sesma     Fecha  29/04/2004 02:59 
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Admin: Borrar mensaje La redención de Sísifo - drama en seis actos
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Que dos personas estén en desacuerdo se puede deber simplemente a que sus conclusiones descansan sobre premisas distintas, o que sus objetivos divergen. Un medio común más depurado, un nexo de inteligibilidad más exacto y neutral, más objetivo, no asegura que las partes lleguen a converger. Eso sería reducir el pensamiento al lenguaje. Y es al revés. Si no fuera así, todos los interrogantes humanos se podrían resolver por medio de las matemáticas. Y precisamente las matemáticas lo que hacen es evadirse de ellos. El lenguaje filosófico descansa sobre un juego de conceptos. Creo que esto lo suscribiría el propio Wittgenstein. El problema está en que los conceptos filosóficos están siempre e inevitablemente en controversia ellos mismos con la experiencia, con la realidad. Las matemáticas tienden, en cambio, a evadirse de ella. De ahí que los conflictos se reduzcan.

Creo que el problema al que nos enfrentamos se puede resumir en un afán insaciable por objetivar integralmente al sujeto, por establecer las dimensiones concretas de nuestro ser y asignarle ciertos parámetros. Si sólo se considera al sujeto en la medida en que éste se deje reducir a esta exigencia analítica, nos vemos peligrosamente inclinados a autodeterminarnos y dispersarnos por medio de abstracciones y definiciones pobres. Y esto, a nuestro entender, entraña una «reducción violenta», abusiva, una falsificación de la cuestión del ser.

Se tiene pavor ante aquello que no conste como objeto, como algo fácilmente determinable, es decir, algo que podemos agotar intelectualmente. Pero una cosa es hacer abstracción de un objeto y otra muy distinta hacer abstracción de nosotros mismos. Hacer abstracción de nosotros mismos comporta ignorarse. Es decir, siguiendo el espíritu de abstracción, me considero en tanto que me olvido de mí mismo. Porque precisamente soy sujeto en tanto que no puedo ser nunca un objeto, en tanto que la relación que mantengo conmigo mismo se muestra como inobjetable. El pensamiento abstracto sólo puede trabajar, en cambio, con objetos, con aquello que es posible problematizar integralmente; no puede escapar de estos muros. Es más, el lenguaje ya es objetivación, ya es un límite.

La trampa mortal que esconde cualquier determinismo es que una y otra vez se ve en la tentación de reducir el ser a un objeto o una idea pura, para poder así descansar de nosotros mismos. Porque lo que distingue a los objetos es precisamente que son tales en tanto que no cuentan con nosotros, lo que nos permite abandonar la responsabilidad hacia ellos. Sin embargo, revisando toda esta reflexión, se ve que esta pretensión objetivadora se muestra en la imposibilidad. Lo que somos está involucrado en un proceso que no puede autodeterminarse, un proceso que se dirime en el tiempo y nos plantea como libertad ante lo que vendremos a ser. Este proceso es la existencia, y sólo lo detiene una cosa: la muerte; que se constituye precisamente como la negación de todo proceso. Y esta detención no determina a un ser, pues es su negación, lo aniquila radicalmente. Lo que ante una conciencia atea se convierte en la mayor incitación al absurdo. (Sartre).

La abstracción sistemática tiende inevitablemente a escamotear esta circunstancia. Por eso una construcción sistemática sólo puede ser atacada desde un punto ajeno al propio sistema; porque el sistema parte en su base de una evasión que deja una separación con la realidad. Y desde allí arranca la construcción de una legalidad propia, inmanente, y por lo tanto, inexpugnable desde su interior. Esto lo supo ver bien Kierkegaard a la hora de atacar el hegelianismo.

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Casio. – […] Decidme, querido Bruto: ¿podéis veros la cara?

Bruto. – No es posible, Casio, porque los ojos no pueden verse a sí mismos sino por refracción, o sea, mediante otros objetos.

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¿Quién de nosotros, ojos todos, puede arrogarse ser el espejo de nuestra verdadera identidad, si cada uno de nosotros tiene que aceptar la imagen que se le devuelve y juzgarla por sí mismo? He aquí el atolladero epistemológico, lo «metaproblemático».

Luomo. – Creo que ninguno. Sólo hay que confiar que el espejo esté bien pulido.

Si se entiende bien todo lo expuesto, se verá que aquí se acaba de salvar el atolladero con la legitimación ontológica de la fe, de la confianza. Por lo que concluyo: si Dios es Aquél que comprende nuestro ser, se convierte por lo tanto en el espejo cierto al que apelar en la búsqueda de nuestra identidad y, al mismo tiempo y por ello, en el único realmente capaz de juzgarnos.

«¿Qué soy yo? Sólo Tú en verdad me conoces y me juzgas; dudar de Ti no es liberarme, es anularme. Pero sería dudar de Ti, más aún, negarTe si mirase Tu realidad como algo sujeto a problema; porque estos problemas no son sino por mí y para mí que los planteo, y aquí soy yo mismo el cuestionado en el acto sin retorno mediante el cual me desvanezco y me someto.

»Ya es hora de que el metafísico comprenda, si definitivamente quiere salir del atolladero epistemológico, que la adoración puede y debe ser para la reflexión una terra firma sobre la que debe sostenerse, incluso si, como individualidad empírica, sólo le es dado participar en ello en la escasa medida que conlleva su indigencia natural.»**


Un abrazo.


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* Julio César, W. Shakespeare.
** De la negación a la invocación, Gabriel Marcel.
                                                                                                                                                                                                                                                                                                                               


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