Müller     Fecha  27/04/2004 00:02 
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Admin: Borrar mensaje La pirámide
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El nihilismo es un tema que ni siquiera merece ser tratado. Atacar el tema del nihilismo es en sí mismo un ejercicio de nihilismo. Sin embargo, es comprensible la problemática del nihilismo ya que en su seno guarda un jugoso número de contrasentidos que voy a tratar de enumerar, y que lo incapacitan como línea filosófica válida, mostrando su incapacidad para generar conocimiento tomándolo como vía. El nihilismo es un callejón sin salida en el que un filósofo deseoso de desempeñar su tarea siempre tratará de meterse, pero al que muchos que se califican como tales tratarán de dirigir a su potencial competencia.

Los nihilistas se asignaron la etiqueta no por capricho, sino para reflejar un punto de referencia al que atraer víctimas sobre las que cierta élite pudiera entrenarse. En cierto sentido, toda asignación de etiquetas es un acto de nihilismo. Y quién se apunta a una etiqueta, a una tendencia, cuando ésta se ha hecho pública, y sin haber sido apradinado convenientemente, se verá abocado a pagar su impericia y su falta de referentes de confianza en el medio en el que se ha metido. A su vez, cuando alguien ya ha pasado su periodo de aprendizaje y ha adquirido una pericia mínima, podrá atraer a nuevos adeptos hacia la etiqueta, que serán los que le renten los esfuerzos pasados y presentes.

Es el mismo caso que cualquier juego de la pirámide. Éste consiste en la creación de jerarquías, dentro de las cuales cada miembro tiene unas obligaciones y unos beneficios. Inicialmente, los beneficios son sumamente intangibles y sólo se aprecian los cargos que supone pertenecer a la pirámide, que pueden ser de muy diversa índole. A medida que se supera el periodo de aprendizaje sobre el funcionamiento de la organización, los beneficios comienzan a ser más visibles. Finalmente, el adepto está capacitado para atraer a nuevos miembros para así poderse establecer un nuevo escalón en la base de la pirámide. De esta manera la pirámide crece con una base cada vez más ancha. Los esfuerzos de esta base por ganarse la confianza de la organización son canalizados hacia la cúspide a través de cada uno de los intermediarios. En el canal inverso, la plana mayor de la pirámide transmite conocimientos y recursos que son administrados por cada uno de los subalternos. De esta manera la organización se mantiene y puede perdurar en el tiempo. Un buen ejemplo de este tipo de organización fue toda aquella marea de artículos que aparecieron en los grupos de noticias en los comienzos de la moderna Internet, en los que se proponía enviar billetes de dólar a 5 direcciones diferentes, y en los que se daban instrucciones para que uno mismo se beneficiase con semejante iniciativa. Se invertían los 5 dólares, los respectivos gastos de correo, y el esfuerzo de publicar masivamente el anuncio durante los ratos ociosos en los múltiples foros de noticias, pero se obtenía la promesa de recibir miriadas de billetes verdes provenientes de los nuevos, ingenuos y fascinados nuevos usuarios de la red, cuyo número siguió creciendo hasta 1998 exponencialmente. Este truco, o timo, siguió siendo popular hasta 2000, año en el que se estabilizó el número de conexiones nuevas. Además, el nuevo medio permitía la comunicación sin necesidad del protocolo de confianza al que uno estaba acostumbrado en sus relaciones personales, por lo que era difícil verificar de antemano la autenticidad de lo que se encontraba. Ante la duda, se actuaba conforme los mercados, es decir, inyectando confianza a ciegas. Así sucedió hasta marzo de 2000, cuando estalló la llamada burbuja tecnológica. Cuando los inversores dejaron de prestar sus dólares, su tiempo y su confianza alegremente. Entonces Internet perdió su inocencia.

Pero todo esto es divagar. Algo inevitable, por otro lado, cuando se trata del tema del nihilismo. Es más, en toda conversación se puede apreciar la presencia de un nihilista si se divaga continuamente. En este caso creo que no holgaba mi ejemplo ilustrativo ya que quien pretenda atacar este artículo a través de él no hará otra cosa más que constatar su postura doblemente.

Lo más interesante del nihilismo no me parece su pretensión de dar cabida a todo. El "todo vale" es un lema ciertamente muy escuchado en los círculos nihilistas, y que me parece que encierra una más que constructiva intención de abarcar cada problema como parte integrante de algo más amplio con lo que se interrelaciona. Sin embargo, al extraer conclusiones sobre el problema tratado sólo se suele extraer la conclusión de "nada vale", no hay ningún plan de acción perfecto. Ningún plan de acción viable. "Todo vale" sobre el papel, pero "nada vale" de hecho para un nihilista.

"Nada vale" es la primera respuesta que obtiene un científico al acometer un problema, significando que nada de lo que ya sepa vale para responder a la pregunta que se ha planteado. Pero, por supuesto, ese "nada vale" no es en ningún caso la respuesta definitiva que espera. Cuanto más estudia sobre el problema que ataca, más respuestas diferentes sirven para resolverlo. Un nihilista sólo es capaz de quedarse con el "nada vale" inicial. Por tanto, nihilismo e inmovilismo son la misma cosa. El "todo vale" es un deseo implícito de eclecticismo, de recoger múltiples posturas y encontrar el nexo común que permita aunarlas y generar un nuevo camino por el que avanzar. Pero insuflar tal eclecticismo de un ridículo idealismo absolutista no resulta más que en el atasco intelectual. Un abrazo mortal en el que ninguna propuesta de acción resulta válida.

Este artículo es otro ejercicio más de nihilismo. Es decir, un intento de delimitar una etiqueta, de acotar algo que he experimentado y que advierto que se repite recurrentemente. De ahí mi necesidad de fijar el conocimiento adquirido. No considero que esté perdiendo el tiempo con este, como ya he dicho, ejercicio de nihilismo. Lo considero preciso para comunicarme con mi entorno y para así poder determinar cuál es mi puesto concreto en la sociedad en la que vivo. Fijar conceptos es una herramienta útil, que ayuda a configurar vías de comunicación mediante las que relacionarse con el entorno, y así que el trabajo de todos pueda ser coordinado, puesto en común y su utilidad se incremente. El nihilismo que llama al aislamiento, a que nos convirtamos en desperados mesiánicos, me da bastante asco. El nihilismo que permite la comunicación sin tener por qué recurrir a gramáticas de Chomsky me parece necesario.

Cuando alguien se siente feliz allá donde vive, puede dar la impresión de que pasa de todo, de que es un nihilista realmente convencido. No sé si sería el caso, pero dudo que admitiesen ser etiquetados como nihilistas. Creo que ni siquiera llegarían a comenzar una conversación que pudiera proponer tal cuestión. Son personas que simplemente ya saben todo lo que tienen que saber sobre el mundo que les rodea, y son felices en él. Son sabios.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                


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