Althair     Fecha  12/07/2004 13:04 
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Admin: Borrar mensaje Epicuro en la memoria
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Al hilo de los últimos textos escritos en este noble foro, se me ocurren varias reflexiones. En primer lugar confieso mi ignorancia sobre la paradoja de los conjuntos universales, por lo que le agradecería a Rafa que tenga a bien ilustrarnos al respecto. Coincido con Muller en qué no hay necesidad de crispar el foro con una exposición vehemente de nuestros puntos de vista; la mesura y la prudencia no deben ir reñidas con la libre argumentación de nuestras razones. Nadie está en posesión de la verdad absoluta, de modo que se trata de construir y acercar posiciones en vez de destruir o ridiculizar la opinión ajena.

No me atrevería a calificar a Hume o Spinoza de filósofos peligrosos (¿peligrosos por qué o para quién?). Y entiendo que viene al pelo traer a colación al bueno de Epicuro, que vino a decir que el conocimiento no sólo nos debe hacer libres sino que también nos debe hacer felices.

Resulta que la felicidad anida en el cuerpo, no veo otro lugar dónde anclarla, y que la felicidad propia debe también coincidir con la del prójimo. Pero si miramos en derredor, la felicidad se encuentra mal repartida, incluso en el mundo desarrollado, y es que la felicidad no sólo tiene que ver con la calidad de vida sino con una actitud del espíritu. Brota también de un sano escepticismo ante los discursos políticamente correctos y sus contrarios, los dioses de la contemporaneidad. Es ético, moral y deseable liberar al prójimo de la pobreza y el hambre pero en tal empeño no se debe olvidar la propia trascendencia. No hay que olvidarse de uno mismo para ayudar al semejante sino que habría que compaginar ambos esfuerzos. Eso es más o menos lo que Epicuro expondría en la actualidad.

¿Qué diría Epicuro de la polémica que aquí nos ocupa acerca del ateísmo y el teísmo? No me arriesgo a aventurar una hipótesis, pero siendo fiel a su preocupación por el cuerpo y sus sentidos trataría de ver cuales son las relaciones y correspondencias corporales con la divinidad. Lo veríamos levantándose temprano para orar con su deidad interna y cósmica, para realizar algunos ejercicios físicos o hatha yoga o chi-kung, esmerándose en respirar profundo y acompasado con el objeto de introducir la energía celeste en las células del organismo. En otras palabras, intentaría traer el cielo a la tierra corporal. Si el cuerpo es un microcosmos tan sólo se trata de desplegar todo su potencial, pues en él anidan los patrones cósmicos esperando ser revelados. El epicureismo es, de alguna manera, gnosticismo.

El epicúreo es aquel que irradia paz y benevolencia, el que se esmera por comportarse como un ciudadano solidario y creativo. Una vez incardinado lo numinoso en el organismo, las discusiones sobre el ateísmo y el teísmo ocuparían un lugar secundario.

Me parece verlo en su Jardín (un jardín de cuerpos y almas) hablando amigablemente con los compañeros, cultivando la huerta, escribiendo y trascendiéndose, dibujando las borrosas y juguetonas fronteras del placer y la felicidad. Consciente, en definitiva, de que el mundo es un territorio abierto y mudable y que se hace camino al andar.


                                                                                                                                                                                                                                                                                                                               


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