irichc    irichc23@hotmail.com Fecha  13/12/2005 23:46 
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Admin: Borrar mensaje El que a hierro mata
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El Estado, que es garante del interés general, tiene atribuida una prerrogativa sobre la vida y la muerte de sus súbditos. No absoluta, ya que no emana de él, por afectar a una realidad previa a la que se subordina el ordenamiento en su conjunto: la existencia humana individual, comienzo de todo derecho positivo. Pero sí eficaz, por preverse en defensa de un valor superior, a saber, la conservación de la comunidad, sobrevenido con la existencia política de la misma, que la faculta para protegerse de conductas que amenacen gravemente las bases de su cohesión.

Porque, al cabo, ¿qué es el derecho a la vida? Sólo la salvaguarda de nuestra utilidad social por la sociedad misma. Un hombre vivo siempre es útil en potencia; merece vivir y se le sustenta sólo en la medida en que reporta o puede reportar un provecho colectivo con su labor, desde la mera perpetuación de la raza hasta el producto del trabajo.

Cada sujeto de derecho, pues, tiene dos capitales que se adicionan o se compensan: uno intrínseco, por ser simplemente, y otro extrínseco, por ser de determinado modo no dañino. De ambos resulta la utilidad civil, pero -mientras aquél no muera- sólo del segundo depende el retener o perder el privilegio humano de seguir vivo en una comunidad de humanos. Esto es, de no sustraer bienes esenciales que no podamos restituir, ya sean la vida, la salud o la seguridad nacional, por citar los más relevantes.

Deduzco a partir de los cimientos teóricos establecidos que el Estado, en virtud de su naturaleza conservadora y colectiva, no tiene derecho de ninguna clase a perdonar a los ofensores de tal rango, salvo que con ello evite un mal mayor y cierto al bien que se seguiría de la estricta aplicación de la justicia. Mal que, recapitulando, no puede quedar por debajo de la destrucción absoluta del propio Estado. Ergo el perdón sólo puede venir de Dios y de la ley de gracia del Evangelio, si media arrepentimiento.

A guisa de epílogo, obsérvese que lo expuesto sobre la pena de muerte no es parangonable con la eutanasia por los siguientes motivos:

1) La promoción de esta última no ampara un interés más elevado que el que pretende erradicar.

2) Antes al contrario, barrena los pilares de la sociedad al cuestionar la preeminencia de su fundamento primero o atómico, la vida.


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  • » El que a hierro mata « - irichc - 13/12/2005 23:46



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