Natalia     Fecha  24/04/2004 18:30 
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Admin: Borrar mensaje Apuntes sobre el nihilismo
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Nunca me ha gustado la palabra nihilismo, que por definición señala la nada y, tal vez, también el aburrimiento, la desesperanza y el desengaño. Pero tampoco me gusta porque se posiciona “en contra de algo”. Contra Dios, el nihilismo ateo; contra la materia, el nihilismo escéptico; contra la razón armónica, el sofisma utilitario. Viene el nihilismo a encontrar acomodo en la liberación del hombre, a luchar contra los dioses, a liberar a la especie de la injusticia y, si se tercia, también de la virtud. Viene a transvalorar, a recrear, a renovarse en el eterno retorno. ¿Pero de qué eterno retorno habla el nihilismo? ¿Quién es ese eterno y adonde retorna y por qué retorna? ¿Y por qué para acometer su empresa liberadora ha de caer en los brazos de los sinarcas, unas veces; o en el de los materialistas ateos, otras veces; o posicionarse contra el cristianismo numinoso ? ¿Qué tiene de inconveniente para la liberación humana el cristianismo original? ¿Y cuáles son los pilares de la refundación nihilista-humanista ?

¿Hay algo realmente novedoso y emancipador en el nihilismo? ¿Quién es ese nihilista incipiente del que habla Aida2003? A la espera de que alguien me ilumine, y en lo que respecta a mi experiencia personal, no le veo más valor al nihilismo que lo que no sea desmitificar las falacias personales, discursivas y existenciales de las que soy/somos agentes y pacientes. Pero para ello no debo abjurar de la tradición filosófica y teosófica de la que fui/fuimos en un tiempo artífices (creo en la reencarnación) y de la que soy/somos en la actualidad herederos y agentes. Me construyo a mí misma, nos construimos a nosotros mismos. Nos diseñamos, nos “reanudamos”, fluimos... Siguiendo a Nietzsche retornamos a nosotros mismos eternamente hasta el día en que nos convirtamos en eternidad y alumbremos otros universos. Nazco un día en la Atenas de Pericles; a continuación renazco en el Tíbet, después en China, India o adonde me lleve mi destino; muero y vuelvo a nacer aquí y allí y así sucesivamente. Soy/somos inmortales. ¿Pero eso nos da derecho a destruir, escandalizar y dar saltos en el vacío, o, por el contrario, nos obliga a ser respetuosos y delicados con lo que nos rodea? ¿Qué sentido tiene que reniegue de la tradición, de mis sucesivas reencarnaciones y de los pilares de mi existencia? ¿Vendrá ahora un nihilista a decirme que mis encarnaciones son delirios y que debo hacer tabla rasa de todo? Me daría un ataque de risa, la verdad, y, desde luego, para ese viaje que no cuenten conmigo.

Tampoco me gusta el término nihilismo porque parece atrapado en la impermanencia del tiempo, acorralado y frustrado por él, y por eso se vuelve destructivo, frenético y extravagante. Cuando las propuestas filosóficas me llevan a un callejón sin salida y al cuello de botella de lo impermanente, no me queda más remedio que regresar a los modelos teosóficos, al silencio, al nirvana, a lo permanente.
Instalada en la apacible quietud del ser observo como se disuelven en el río de la vida mis pensamientos, los fenómenos, los discursos, las guerras y las treguas de los hombres. Veo que no conocemos el ego, que no lo controlamos, que en realidad llevamos miles de años sin conocernos y, lo que es peor, sin estudiarnos, y que muchas de nuestras creaciones materiales y proyecciones mentales son distorsiones y deformaciones de una realidad con la que nos encontramos en continuo desencuentro. Las guerras, el hambre y la miseria son, con independencia de explicaciones formales, un claro desencuentro entre el ego y la realidad, un ejemplo de desarmonía afectiva con la naturaleza física y humana.

No quiero ignorar lo mejor de la tradición y tampoco me apetece alejarme de la razón armoniosa y la teosofía. Muy convincente y bello ha de ser el nihilismo posmoderno para enrolarme en sus filas. Resulta curioso y paradójico que las propuestas filosóficas más relevantes de la modernidad fíen su materialización a una especie de futuro escatológico, tal vez mesiánico, siempre liberador, pero también siempre en el porvenir. Sin embargo, y quizá para sonrojo de filósofos y filósofas, aquellos que abrazan lo permanente, el aquí y ahora, no fían nada al futuro sino que se contentan con desplegar su eseidad en el presente con la naturalidad con la que se abre una flor. Éstos no destruyen ni vociferan ni recurren al frenesí. Pero a éstos, por favor, no les llamemos nihilistas, humanistas y posmodernos. Éstos son sabios, simplemente.
                                                                                                                                                                                                                                                                                                                               


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