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Como en casa
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Ayer, cuando tras una cariñosa despedida por parte de Marisol, salimos de la casa rural “El Tenado”, con una bolsita de rosquillas en la mano “para el camino”, comprendí por qué no me gustan los hoteles. Sí, ya sé, tienen todas las comodidades pero... me encuentro extraño, no me siento como en casa. Quizá buscando un ambiente más familiar, un entorno más amigable, más cercano, y un precio más asequible (por qué negarlo), siempre me he decidido por las casas rurales. He conocido varias, en diferentes localidades de nuestra geografía, todas limpias, sin excesos en las instalaciones y suficientemente confortables. De todas ellas recuerdo un trato agradable y una fuente de información impagable sobre el entorno, del que sus propietarios son, lógicamente, profundos conocedores, pero en ninguna he tenido la sensación de “estar en mi casa” como en ésta, situada en La Aldea del Obispo (Cáceres), a 12 km. de Trujillo. La localizó mi mujer por internet. Las fotos que aparecían en la pantalla resultaban prometedoras por lo acogedor de sus habitaciones pero el escepticismo al que nos tiene habituados la publicidad nos aconsejaba no hacernos ilusiones. Al llegar al pueblo y localizar la dirección contemplamos una fachada, integrada en el conjunto, que no nos hacía adivinar el interior. En las proximidades Marisol que, llave en mano nos recibió, nos abrió la puerta de cuarterones (como las de pueblo) y ante nuestros ojos apareció una casa que provocó, tras un primer vistazo, que Sofía y yo nos mirásemos para decirnos mutuamente con el leguaje de los ojos “así me gustaría que fuera nuestra casa”. Todo de piedra y madera con una decoración exquisita. Al rato llegó Javier, su marido, quien nos explicó con satisfacción mal disimulada que la casa la había diseñado él, en su condición de arquitecto técnico. Un gran lucero que presidía la escalera que conduce a las 6 habitaciones iluminaba cálidamente el salón. Miraras donde miraras no veías mas que detalles, limpieza, orden... Tras ascender los escalones revestidos de una alfombra rústica llegamos al rellano donde una completa biblioteca de temas de naturaleza acaparó mi atención. Con ese motivo me explicó Javier que el diseño y el ambiente estaban enfocados, dada su proximidad con el Parque Natural de Monfragüe, a los ornitólogos visitantes, venidos de todas partes de Europa cuyas estancias eran frecuentes. Como detalle, cada habitación tiene el nombre de cualquiera de las aves fácilmente observables por el lugar: garza, alimoche, cigüeña... Nosotros elegimos “grulla”: balcón exterior, confortable cama de matrimonio con dosel, amplio armario a tono con lo rural y baño completo y limpio donde, diariamente, el precinto del wc y los vasos enfundados en plástico aseguraban su higiene. Juegos de agradables toallas que pedíamos que no se nos cambiaran todos los días por no ser necesario y hasta gel y champú en sobres unidosis por si nos hacía falta. A la mañana siguiente, Marisol (que encanto de mujer), nos había preparado en el coqueto comedor un desayuno que, a los que estamos acostumbrados al café bebido, de pié y con prisas, nos parecía de reyes: Zumo, yogures de varios tipos, aceite de oliva, mantequilla, diversas mermeladas, tostadas, rosquillas, mantecados, café, leche fría y caliente... Nos daba apuro ver todo aquello en la mesa sin poder hacer aprecio de su totalidad. En agradable conversación nos contó que había trabajado como técnico de alojamiento en Paradores Nacionales (ahora comprendíamos muchas cosas) y nos dio amplia información de los lugares que pretendíamos visitar. Cáceres, Trujillo, Mérida, Guadalupe, Monfragüe... Los abundantes desayunos y la amena conversación se repitieron todos los días ya en la acogedora cocina, para estar mas en familia. No podíamos menos de reconocerle el trato, las atenciones y la sana envidia que nos daba su casa. “Esta no es mi casa” respondía “es la vuestra”. Teníamos planes de pasar allí tres días pero estábamos tan a gusto que decidimos quedarnos un día más. Cuando llegó el momento de la despedida, con la promesa por nuestra parte de volver no tardando mucho, Marisol nos sorprendió con un “hatillo” de rosquillas para el camino. Se había dado cuenta de que nosotros, que no somos especialmente golosos, habíamos sabido apreciar en esos desayunos sin prisas lo que son las rosquillas de pueblo. Unos cariñosos besos pusieron fin a la no deseada despedida. - ¡Vayan con cuidado y vuelvan cuando quieran! - Volveremos Marisol. Da recuerdos a Javier de nuestra parte.
Ahora ya se por que no me gustan los hoteles.
Sofía y Enrique Junio de 2007
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» Como en casa « - Enrique y Sofía - 25/06/2007 00:05