El pibe se levantó de la mesa, donde se celebraba una reunión familiar. En ella estaban sus padres, su hermana mayor con su novio (de ella) y sus
futuros suegros. Era una cena, pocos días antes del casamiento de los novios, y en ella se coordinaban los detalles finales, tanto de la ceremonia religiosa como de la reunión posterior (morfi, chupi y baile).
Con estudiado disimulo, inventó una excusa y se dirigió a la puerta de calle, para destrabar el cerrojo. Era una picardía, aunque no sabía en qué terminaría: el hermano del novio le había pedido que hiciera eso (dejar la puerta de calle "librada al tránsito"), porque quería darle una sorpresa a los tórtolos.
El pibe volvió a su silla en la mesa y se mantuvo expectante. Pensó que llegaría algún regalo especial, o quizás surgiría una broma de las pesadas.
La charla se desarrollaba amenamente, cuando de pronto... empezó a sonar un fuelle, tenue pero vivazmente.
Se hizo un inmediato silencio, producto de la sorpresa inicial. Y cuando se empezaban a mirar entre todos para comprender de qué se trataba, una voz viril empieza a cantar un valsecito:
"Vine al pie de tu vieja ventana, mi bien, a ofrecerte, mi vida, este canto de amor porque quiero que sepas que te amo, mi edén, y te siento latir en mi fiel corazón"
La novia, entonces, con la alegría reflejada en el rostro, salió disparada hacia la puerta de la sala al grito de "¡Es una serenata, es una serenata!". Y los demás partieron tras ella, incluido el pibe, que no sabía muy bien qué era con lo que se iba a encontrar.
La noche, oscura, apenas dejaba ver las siluetas del cantor, parado junto a la baranda de la escalera que desde el patio llevaba a la azotea, y las del bandoneonista, sentado en el tercer peldaño de esa misma escalera. Nadie se atrevió, en ese momento, a encender una luz ("se hubiera perdido la magia de la serenata", le confesaría al pibe su padre, momentos después).
Con murmullos de aprobación, todos, incluido el pibe, siguieron con atención ese tema y un par más, que la dupla interpretó a pedido de la propia novia, quien no cabía en sí de gozo.
Luego de los aplausos, ya con las luces encendidas, el cantor le obsequió una flor a la novia, y junto con el músico (y sin aceptar el convite de una copa, ya que "es una reunión íntima y nosotros sólo vinimos a homenajear a la novia", se disculparon agradeciendo), se retiraron, entre los comentarios risueños y satisfechos de los reunidos.
Esa fue la primera y última vez que el pibe presenció una serenata, en vivo y en persona. Hacía tiempo que esa costumbre, quizás de bizarro romanticismo, había empezado a caer en desuso. Ya por entonces, la gente iniciaba el ejercicio de un cada vez más intenso pragmatismo, y a veces por carencia de recursos económicos o humanos, en otras porque resultaba "demodé", la sana y sonora costumbre de la serenata fue entrando en la más absoluta de las obsolescencias. Únicamente se la podría encontrar, como pieza de museo, en alguna representación teatral, o en algún skecht cómico de la televisión. Pasó a ser, casi, objeto de pintoresquismo, cuando no de burla.
Hoy, que trajinamos épocas en que los homenajes se destinan a seres desaparecidos o a personas que se retiran (o en el mejor de los casos, a premiados por algún logro), es bueno comentar que la serenata era (es) un homenaje a personas vivas, estén o no en actividad, para expresarle antes que nada, cariño o amor. Es un ramo de flores musical, ni más ni menos.
El pibe de ese recuerdo (o sea, yo) ha osado preparar este pequeño homenaje al homenaje.
Como para recordar, imaginando ventanas, rejas, balcones o patios que, aunque se quejen sus herrajes por la falta de costumbre, resulta grato abrir, de vez en cuando, las puertas del corazón.
Carlos de Barra(n)cas
HOMENAJE AL HOMENAJE
25/03/2002
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» Primera y última « - CARLOS MARCHESE - 16/02/2008 16:08