kirchner    kirchner@ladri.com.ar Fecha  9/07/2007 08:32 
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De no hacer algo, la Argentina tendrá otra crisis

De no hacer algo, la Argentina tendrá otra crisis

Lo advirtió Anne Krueger, la ex número dos del FMI, apodada la "Dama de Hierro", al decir que el Gobierno debe dejar de manipular el índice de inflación, actualizar las tarifas, negociar con los bonistas en default y hacer reformas estructurales


WASHINGTON.– Anne Krueger todavía mantiene algo del extremo cuidado que el Fondo Monetario Internacional (FMI) pide a sus funcionarios cuando dialogan con la prensa. Pero también ella es ella, la “Dama de Hierro”, la que le dice a LA NACION que, si pudiera volver atrás, a septiembre de 2001, quizás habría sido más dura con la Argentina. Es la que en diciembre de aquel año fue la encargada de retirarle el respirador automático al país y blanquear el colapso que todos sabían que estaba por ocurrir. Es la misma que afirma que el país puede encaminarse hacia otra crisis, si sigue postergando una larga lista de tareas pendientes.

“Me temo que…”, comienza a decirle a LA NACION, que le preguntó qué espera para la Argentina. Krueger calla, suspira y mira a los ojos. Vuelve a empezar. “Bueno... Nadie se encamina hacia una eventual…”

Pero calla y vuelve a empezar. “Creo que hasta algún momento de septiembre de 2001, la crisis argentina podría haberse evitado, si se hubiesen hecho acciones fuertes. Ahora pienso que la crisis no es inevitable; que no ocurrirá necesariamente. Podría ocurrir y evitarla requerirá algunos cambios en las políticas oficiales”, advierte.

–¿Qué debería hacer el Gobierno?

–Mejorar la relación entre la Nación y las provincias. Reestructurar la deuda en default. Resolver los problemas energéticos. Los controles de precios aumentan la presión, hasta que explota, y eso me preocupa. Eso no es bueno. Y volver a tener estadísticas honestas es importante (por el manejo del Indec). Todos sabemos lo que debe hacerse.

Krueger completó su mandato como número dos del Fondo –directora gerente adjunta, tal su título oficial–, a fines de 2006. Pero su período de “enfriamiento” obligado –un eufemismo washingtoniano para no decir “cerrar la boca”– se extendió hasta este 31 de mayo. Coordinar la entrevista tomó desde entonces, por su mudanza a la Universidad Johns Hopkins, donde dará clases de posgrado en economía –y en cuyo despacho colgó un bono enmarcado de la deuda argentina, regalo de un amigo–, y sus viajes por el mundo.

–¿Siente que los argentinos nos saboteamos a nosotros mismos?

–Bueno… Prefiero mantenerme en que las políticas adoptadas no son la mejor garantía para el futuro, y espero que la Argentina tenga mucha suerte, pero me temo que aún no hemos visto el final de esta historia.

-¿Qué lecciones aprendió al lidiar tanto tiempo con la Argentina? O, dicho de otro modo: ¿haría algo distinto con respecto a aquella crisis, si volviera a estar en 2002?

-[Calla unos segundos.] No lo sé Es difícil juzgar cómo hubieran sido o deberían haber sido nuestras reacciones. Posiblemente hubiera estado más atenta (a la Argentina) desde el momento en que entré al Fondo. Le hubiera impreso más velocidad, hubiera trabajado más y me hubiera mostrado más convencida de lo que estuve. Hubiera tomado una posición inicial mucho más dura.

-¿En serio?

-¡Oh, sí! En septiembre de 2001. Justo cuando todo comenzó a derrumbarse y cuando yo arribé al Fondo. Pero no es así como funciona todo, y toma cierto tiempo aprender la dinámica de un nuevo cargo. Tampoco es que me despierto por las noches y pienso: "Hubiera hecho esto o aquello", pero si tuvimos alguna chance de salvar la situación, fue en ese momento.

- Pero usted sabe que hay una discusión casi filosófica sobre el Fondo: si calla, será acusado de no afrontar y blanquear una crisis; pero si alerta sobre ella, será acusado de fomentarla o acelerarla

-¡Es que fue así! Ese era el riesgo que todos reconocían dentro del Fondo y la razón por la que fuimos más duros.

-Pero usted cree que debería hacer sido más dura...

-Dije "quizá". Pongámoslo de este modo: de seguro habría considerado más seriamente ser más dura de lo que fui. Pero recuerde también que no dependía sólo de mí. Yo era parte de un equipo de directores gerentes y también estaba la gente del Departamento para el Hemisferio Occidental, que era muy competente y quizá no me hubiera escuchado.

-Usted llevaba nueve meses en el Fondo cuando se reunió por primera vez con Roberto Lavagna y su equipo. Si pudiera, ¿cambiaría algo de su relación con ellos?

-Si hubiera algo, no sé qué sería [Pausa.] Nosotros queríamos ayudar y no creo que eso haya sido comprendido en la Argentina. No lo fue. Y creo que Horst Köhler estaba tan preocupado como todos los demás por la situación. Todos estaban tristes y viendo, casi con horror, cómo se desarrollaban los acontecimientos. Y creo que Roberto tenía una buena comprensión de la situación, así que no era necesario hablar de eso, cuando además él llegó con todo el desorden ya había ocurrido y sólo quedaba comenzar a ordenarlo todo.

-¿Cuánta influencia tuvo el G-7 en el Fondo al negociar con la Argentina? Tengo entendido que usted y los viceministros de Economía o Finanzas del G-7 mantenían una conferencia telefónica casi todas las semanas

-Eso es una exageración. Hubo períodos en que hablamos dos, tres o cuatro semanas consecutivas, pero otros en los que pasamos semanas sin dialogar. Se hacía cuando estábamos por llegar a una decisión en el Fondo o ellos querían informarnos de una a la que habían llegado con recomendaciones para nosotros. ¿Tuvo el G-7 demasiada influencia? Bueno Ciertamente fue importante en la decisión de otorgarle a la Argentina la primera reanudación de préstamos. Sí, creo que la tuvieron.

-¿Qué? ¿Demasiada influencia?

-No. Dije que tuvieron "mucha" influencia, no "demasiada". Pero en esa ocasión, ciertamente hubiéramos sido más reticentes a reanudar la financiación, digámoslo de ese modo.

-¿El influyente fue Estados Unidos o el G-7 como grupo?

-Los miembros del G-7 eran diferentemente entusiastas -dice, y se ríe- según el momento. No se trató de un G-7 que por completo estuviera a favor o fuera por completo antagonista. Hay períodos en los que un país u otro se muestra muy interesado por algún motivo.

-¿Extraña aquella adrenalina?

-Aquello no era adrenalina. ¡Era una trituradora! [Carcajadas.] ¡No hay adrenalina en todo eso, porque ya estás demasiado cansada! Eran llamadas a las cinco de la mañana y meterme en la cama a la medianoche, si tenía suerte.

-Dada la experiencia adquirida y la recuperación del país, ¿sus recomendaciones para la Argentina serían distintas de las que fueron?

-No, en las líneas básicas. Mi impresión es, por ejemplo, que nada se ha hecho para garantizar una relación fiscal saludable entre la Nación y las provincias. Eso será importante. Y lo otro es que uno de estos días bajarán los precios de los commodities , se lo garantizo, y me preocupa cuando eso ocurra. El presupuesto argentino está bastante bien, pero se basa en la conjetura de que los commodities seguirán altos, pero no será así. Y la Argentina tiene un montón de problemas más. El energético, por ejemplo. El punto es que el mundo continúa avanzando e implementando reformas, aprendiendo a manejar mejor los desafíos, con regulaciones amigables para el mercado que generen mejores empleos, etcétera. Pero percibo a la Argentina cómoda en este momento, y no es que esté andando peor, sino que el resto anda tanto mejor y la Argentina se está quedando atrás.

-En esa línea, usted señaló en 2002, 2003 y 2004 la necesidad de que la Argentina encare reformas estructurales. Me imagino entonces que reitera ese llamado

-Sí -dice, y levanta los hombros.

-¿Qué le dice eso del país?

-Que lo que significa progresar en el resto del mundo no lo es en la Argentina.

-¿Cómo lo explica?

-[Balbucea un par de palabras, calla, sonríe.] La mejor respuesta es que no puedo explicarlo. Todos sabemos que la Argentina tiene una buena, si no mejor, historia de universidades, una población muy educada, en comparación con el resto del continente. Pero de un modo u otro, la idea de unirse políticamente nunca estuvo presente o Perón la destruyó, no sé cuál de las dos opciones es la correcta.

-¿Qué debería hacer la Argentina con sus holdouts?

-Tendrán que negociar con ellos. Sólo cabe la pregunta cuándo lo harán.

-¿Cómo?

-Esa es una decisión de la Argentina. Pero mientras se mantenga latente, será un obstáculo creciente para cuando quieran avanzar. Tendrían que ofrecer un nuevo acuerdo general, porque negociar uno por uno ¡Uf! Sería imposible: todos querrían lo mismo o más que el antecesor.

-Pero ésa es la encrucijada: si el Gobierno plantea una mejor oferta, quienes ya aceptaron en 2005 exigirán la diferencia. Y si plantea una igual o peor, ¿por qué los holdouts aceptarían ahora lo que rechazaron entonces?

-Es cierto. Es una paradoja, lo sé. Está absolutamente en lo correcto -dice, y se queda callada; no agrega más.

-¿Hay algo que usted quiera aclarar, rectificar o desmentir después de lidiar tantos años con la Argentina?

-No. Sólo señalar mi fuerte sentimiento de que quiero que la Argentina ande mejor y que me rompe el corazón ver la situación actual.

Por Hugo Alconada Mon

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                               

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