Mensaje enviado por:
hommer.claen
rollo_claen@hotmail.com
13/08/2006 00:33
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La tarde estuvo plagada de caricias, besos, roces y gritos de amor desquiciado. Ella se levantó de su lecho, y al sentir el roce de las sábanas con su tersa piel desnuda, vinieron a su mente las contracciones de su cuerpo al unirlo con el de aquel sujeto que ahora le parecía aún más hermoso y encantador que antes. Había algo en ese resplandeciente cabello negro, en esa espalda morena y fuerte, en esos brazos gruesos y firmes, en ese rostro que por un momento, por sus duros rasgos y oscuros ojos, le pareció el de un faraón del antiguo Egipto, ahora sus ojos estaban cerrados y el semblante de quien antes la llevó al delirio semejaba al de un niño. Todo esto percibió la bestia voraz al abrir los ojos en su húmeda gruta. Vio los gritos en la memoria de la niña-mujer cuando el hombre convirtió al infierno de jadeos y bruscos movimientos en el cielo albo y encantado. El cazador se desperezó y sacudió sus ropas, salió de su escondite y se abrió paso en el cielo en dirección a aquel nido de amor y goce. Ella se cubrió con una colcha y salió al balcón, no sintió frío y su desnudez la hizo sentir libre. Encendió un cigarrillo y repasó una y otra vez lo vivido. Levantó el rostro y vio las estrellas titilantes, estaban esparcidas por todos lados, como las gotas de sudor y saliva en su cuerpo un rato antes, cuando la carne dura y tibia del durmiente se había hecho paso en la suya propia. El monstruo volador a la vio desnuda desde lo alto y surgió en su interior una necesidad que hace mucho no había sentido. Era el tierno cuerpo de una mujer. Se rió de sí mismo y se dijo que si en sesenta años de inmortalidad no había llevado a cabo el rito de los amantes, aquella no sería la ocasión de hacerlo. Se lanzó hacia la dama en peligro y la atacó con tanta voracidad que ella no tuvo tiempo de gritar siquiera. Bebió su sangre caliente a grandes tragos, en ella estaba diluido la el acto de pasión. Sintió como si fuera él quien vivía lo hecho por aquella niña recién comenzada a la adultez, cada imagen que llegaba hasta su ser, lo retorcía y hacía sentir desvalido. El trance fue máximo. Era temprano, besaba en la boca al durmiente, introducía su lengua en la boca de él, le quitaba la camisa y desabrochaba sus pantalones. Estaba reviviendo lo hecho por aquella pareja, y todo lo observaba desde los ojos de su víctima. Su respiración se hizo agitada y sintió las manos de su amante bajo su falda, sintió como se le soltaba el pelo y cómo quedaba despojado de su falda, sintió cómo la daga liberadora le hería una y otra vez, sintió cómo sus manos con uñas esmaltadas apretaban la espalda de aquel gran coloso que le hacia propio, escuchó los “te amo” que no iban dirigidos para él sino para la mujer que ahora yacía inerte en el piso de balcón. Sintió el éxtasis convulsivo de la consumación una y otra vez. Sonrojado, el homicida miró hacia la habitación y vio el cuerpo de quien tanto placer le había dado a través de la sangre de la muerta. Sintió la imperiosa necesidad poseerlo, pero pensó para sí, que aquel compañero de juegos necesitaba un descanso y que no sería él quien acabase con tal fuente de amor. |
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