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Fecha  11/05/2010 15:01
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disfruta de la naturaleza pero no la toques.. ella sabe cuidarse sola; Nunca entenderé la obsesión de los hombres por domesticar la naturaleza y convertirla en un atractivo turístico

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Áspero y Sentimental
Café con mosca
Jose Luis Alvite


Nunca entenderé la obsesión de los hombres por domesticar la naturaleza y convertirla en un atractivo turístico. Hace algunos meses me perdí con el coche en Os Ancares y me detuve a preguntar mi situación en un bar en el que todavía regían los precios de diez años antes. La señora del bar me dijo que no pasaba mucha gente por allí y que renovaba muy de tarde en tarde la mercancía del almacén. Me senté en una silla en la puerta. Sonaba cono un esqueleto entre las piedras el agua de un río que pasaba cerca. La señora del bar me dio a leer un periódico con fecha atrasada en cuyas páginas lo más palpitante eran una quemadura de cigarrillo y dos manchas de café. En el motor apagado del coche crepitaba como un reloj el tic tac del frío. La vegetación era densa y en algunas zonas umbrías de la carretera era como si anocheciese a mediodía. Si hiciese calor podría sentir el sudor morrean las manos. Me dijo la señora que en aquellos montes había todavía sitios a los que difícilmente llegaría el fuego sin haberse antes fatigado. Y truchas con pestañas en el río. Y pájaros que sabían hebreo en las copas de los árboles. A cambio de eso, el bar tiene pocos clientes y ella se conforma con ver las noticias del telediario en un televisor muy viejo en el que todavía no ha muerto el cuerpo químico de Franco. Si aplaudiese en medio de aquel escrupuloso silencio, mis manos habrían sonado como un portazo. En la tacita de mi café se ha posado sin desconfianza una mosca gruesa y peluda que parece una pelota de lana. Recorre el suelo un ortográfico arañazo de hormigas. La brisa sube encajonada entre los árboles que bordean la carretera, como una transparente manada de pulmones, mansa, fluida y bovina, arrastrando una entumecida polvareda de frío. Dice la señora que si bien se mira, hasta es divertido aburrirse allí, aunque siempre ocurren las mismas cosas y sólo de vez en cuando es distinta la densidad del silencio. Yo le digo que esa paz durará poco. Y que un día vendrá una excavadora, ampliarán la carretera y florecerá el turismo. Por lo tanto, subirán los precios del bar y la señora tendrá al día la limpieza, el televisor y los periódicos. Alguien repoblará luego el río con esas truchas de recebo que saben a pollo de granja y el día menos penado arrasará los bosques el aburguesado fuego de las barbacoas. Yo se lo advertí a la señora del bar: “Esto se acaba, amiga mía. Un día de estos se encontrará usted con que este lugar ha dejado de ser un monte para convertirse en un negocio. Y las truchas saldrán a la superficie asfixiadas por el gel de baño de esos turistas tan saludables y tan neutros que incluso desinfectan el fuego en el que asan sus insípidas sardinas de amianto. El suyo dejará de ser el único portal en muchos kilómetros. Y olvídese entonces de este bendito y viejo silencio casi religioso, señora, porque, ¿sabe?, porque el dinero siempre hace ruido. Vendrán los de Sanidad de la Xunta de Galicia, amiga mía, y le obligarán a usted a hacer un cursillo de manipuladora de alimentos. Le mirarán las manos con lupa y será inútil que les explique que ha sobrevivido setenta años comiendo el pan que partió desde niña con las manos aun calientes de haber ordeñado las vacas. Esos cabrones anillarán el agua del río y no quedará en esos árboles un solo pájaro que no tenga los papeles en regla”. La señora espantó la mosca de mi café con un blando y suave gesto disuasorio que lo mismo podría haber servido para encariñar a una avispa. “Hágame caso, señora. Esto se acaba y no tendrá remedio. Esos burócratas lo destruyen todo con el pretexto de protegerlo. La brisa seguirá subiendo como si tal cosa la carretera, pero remoloneará cargada del aliento aceitoso de los turistas. Y cuando esto esté atestado de coches, todos esos pájaros huirán en desbandada asustados por el helicóptero de la Guardia Civil de Tráfico”.
Me cobró sesenta céntimos por un café y aun quiso invitarme a otro. Encender el motor del coche casi me pareció una blasfemia. No he vuelto desde entonces por allí pero recuerdo aquel momento con agradable nostalgia y con la premonitoria tristeza de suponer que no tardará en llegar el día en el que a la mosca del café los burócratas le pongan una multa por no tener en regla su título de piloto.
jose.luis.alvite@telefonica.net

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                               







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